EL SUEÑO DOMINICANO
Por Alfonso Benoit
El sueño dominicano comienza cuando un compatriota parte hacia un país económicamente más desarrollado, principalmente los Estados Unidos. Allí, muchos atraviesan toda clase de vicisitudes: aceptan cualquier trabajo, duermen pocas horas y trabajan casi todo el día y parte de la noche. Algunos sacrifican incluso su alimentación para ahorrar hasta el último dólar, con la esperanza de volver algún día a su tierra y disfrutar del fruto de tanto esfuerzo. Lo más duro es que emprenden ese camino sin saber cuándo podrán regresar.
Lo que muchos no imaginan es que, mientras luchan por cumplir ese sueño, los años pasan y la salud empieza a cobrar su factura. Cuando por fin llega el momento de retirarse, sobre todo para quienes han pasado décadas trabajando en el extranjero, la edad ya es avanzada y las largas jornadas se reflejan en el cuerpo. Aun así, esos compatriotas, que merecen todo mi respeto, siguen soñando con construir una casa, comprar un apartamento o mudarse al campo para vivir en calma. Es el sueño por el que tanto lucharon.
Cuando regresan de vacaciones, muchos lo hacen con la intención de conocer de cerca la situación del país y evaluar si ha llegado el momento de establecerse. Pero desde que aterrizan en el Aeropuerto Internacional de las Américas comienzan a encontrarse con una realidad que les preocupa. Al rentar un vehículo y dirigirse al hotel, notan una presencia cada vez más visible de nacionales haitianos en las calles. Y al llegar a ciertos establecimientos, perciben que parte del personal que los atiende tampoco es dominicano. Para algunos resulta inquietante sentir que la dominicanidad pierde espacio en su propia tierra, y saben que expresar esa inquietud puede valerles, de inmediato, el calificativo de racistas o xenófobos.
El sueño del regreso tropieza además con la inseguridad. La paz que muchos recuerdan de su infancia y juventud parece haberse ido perdiendo con los años. Hoy el temor a la delincuencia no se limita a las calles: entra también a los hogares, donde uno debería sentirse a salvo. Incluso en nuestros campos, donde antes se vivía en paz, las cosas han cambiado. Para quien pasó décadas fuera con la esperanza de volver a descansar, resulta doloroso descubrir que esa tranquilidad podría haberse convertido en otro sueño difícil de alcanzar.
Hay, sin embargo, algo que muchos no prevén: la corrupción y los abusos de algunas autoridades. Quienes deberían protegerlos y hacer cumplir la ley, en ocasiones utilizan su poder para intimidar, atropellar o sacar provecho. Y ahí duele aún más, porque el delincuente actúa al margen de la ley, mientras que la autoridad corrupta se vale del poder que el Estado le confió. Para quien ha vivido décadas fuera, trabajando honradamente, toparse con eso en su propia tierra es una decepción que golpea muy fuerte.
A todo esto se suma una realidad que afecta directamente el bolsillo: el alto costo de la vida. La inflación ha encarecido lo esencial, desde los alimentos hasta los medicamentos y los servicios básicos. Mientras tanto, la corrupción sigue drenando recursos que deberían traducirse en servicios públicos dignos y en mejores condiciones de vida. Para quienes se marcharon con la esperanza de volver a vivir en paz, esa combinación de carestía y corrupción significa descubrir que los ahorros de toda una vida quizás no alcancen para disfrutar de la tranquilidad que tanto anhelaban. Entonces surge una pregunta inevitable: ¿de qué sirve regresar a nuestra tierra si vivir dignamente en ella se ha convertido en un privilegio?
Nuestros compatriotas no se fueron porque dejaran de amar su patria, sino porque buscaron en otras tierras lo que aquí no encontraron. Durante décadas trabajaron, resistieron y guardaron la esperanza de volver. Ningún dominicano debería verse obligado a elegir entre vivir lejos de su patria o regresar para enfrentar inseguridad, corrupción y estrechez económica. Después de una vida de entrega, lo mínimo que merecen es envejecer con dignidad y tranquilidad. Porque el verdadero sueño dominicano no debería ser irse para prosperar, sino poder regresar sin miedo y vivir en paz en la tierra que los vio nacer.




