16 de enero de 2019: A Gustavo Antonio Brisso

Por: Rafael A. Escotto
«Que mi voz suba a los montes y baje a la tierra y truene, eso pide mi garganta desde ahora y desde siempre«. Miguel Hernández
Un serpenteo de aguas turquesas. Oleajes furibundos se arrojaban contra los farallones de una isla extraordinaria y contra los continentes. Unos cromatismos estrella azul marino viajan sobre mares apacibles. Un valle de flores amarillas se extiende apacible y fértil. Un galeón sin marinería y sin dominio hunde su casco en la inmensidad de una noche súbita.
Galernas sombrías parecen sacudir de espanto el cuerpo de aquella nao que varias veces surcó impertérrita las aguas serenas de Las islas de los poetas de la escritora cubana Madeleine Sautié. Sin embargo, el primer mes de la muerte de Gustavo no hubo «Alfombra roja«, pero en víspera del fortuito hecho de noviembre se le rindió homenaje dentro de Arte vivo en Casa de arte.
En medio de aquella oscuridad sórdida, durante una breve agonía pudo haberse oído la voz del poeta español León Felipe, «Me voy porque la tierra ya no es mía«. La tierra que dejaba atrás este promotor cultural nunca se desprendería de un ser humano como Gustavo Brisso Ramírez, si no hubiese interferido una desgracia que cegó una vida vigorosa.
Su ida del mundo de los vivos fue como el viaje corto que hacen algunas aves aéreas y marinas cuyos vuelos son breves, como aquel hermoso vuelo en el poema de Neruda que «Cruza el oeste palpitando y sube por cada grada hasta el desnudo azul, todo el cielo es su torre y limpia el mundo con su movimiento«
Alfonsina preguntaría ante este vuelo inesperado de Gustavo Brisso « ¿Qué mundos tengo dentro del alma que ha tiempo vengo pidiendo medios para volar?«
Creo como algunos de sus amigos que les llegamos a apreciar en vida y, luego, después de la muerte, que Gustavo iba esa noche ominosa en el vuelo de un colibrí que no piensa en hechos trágicos.
En la fragilidad interior de mi imaginación, observé conmovido la figura del amigo cayendo de su vuelo y el colibrí tratando afanosamente de borrar de su repertorio, en medio de aquel misterioso vuelo, la palabra «muerte«
En un momento de suspenso, recordé a Rubén Darío y vi a Gustavo Antonio Brisso marcharse no ya con su sonrisa profunda. Entre nubes pálidas y mares azules, oí, como si estuviera en un desierto indescifrable, aquella voz y no sé si decía: «Subo a purificarme al aire superior«.
Luego de esta frase incomprensible, que al parecer tiene dentro de sí el sino imprevisible de las despedidas, vuelvo a pensar que las despedidas, como diría Goethe, «son cosas serias, posiblemente para cualquier hombre templado«.
La muerte de Gustavo Antonio Brisso Ramírez representó un duro golpe para el folclorista Rafael Almánzar, quien lo acompañaba en esa hora aciaga. Así mismo representó un duro golpe para amigos como el poeta Luis José Rodríguez, y al efecto para el autor de esta entrega.
Se me ocurre, en medio de la noche blanca, cuando la sombra cae y acontece la muerte de Gustavo, traer a este espacio una frase, para despedir a este amigo, de la escritora y poeta argentina Alfonsina Stormi, a su amigo el poeta uruguayo Horacio Quiroga, en la forma de un adiós a Gustavo Brisso, quien estando aún en sus cabales fresco y en buena salud, nadie esperaba que muriera trágicamente tan de reprende en noviembre 2018: «Morir como tú, Gustavo, en tus cabales«.
A pesar de haber sido una muerte inesperada, la muerte, escribe el poeta chileno Nicanor Parra, a la «casa del poeta/llega la muerte borracha/«.
Y el gran Octavio Paz, nos transporta en su magia poética dudando sobre la vida: «Qué fue la vida/un pedazo de tiempo enloquecido/dictándonos otra vez el albur de su juego/en el estricto horario de los días, los años y los sueños«
Gustavo, donde quiera que te hayas ido a residir, aun cuando sabemos por la Santa Biblia dónde van los muertos (Eclesiastés 12:7), permíteme decirte, desde las profundidades de esta tierra ambarina, con lo único que no tuve de acuerdo con García Márquez, es aceptar que «Lo único malo de la muerte es que es para siempre«. Por lo menos, los muchachos de los videos juegos no lo creen, tal vez por eso se sumergen en «falsos héroes«, sienten tensiones, vociferan, ven morir a éstos y en cosa de un minuto ya están vivos. Pero no llame a Pedro por su nombre, no escuchará.
¿Acaso esa cultura de la posmodernidad es un desafío o una locura abrupta tan terrible que vuelve rebelde y extremadamente dócil al ciudadano joven del siglo XXI?
¿Acaso es cierta la vida, acaso es cierta la muerte?
Creo, finalmente, y esto es muy personal, que después de la muerte debe haber la esperanza de la venida de un tiempo para el renacer (utopía) de algunas criaturas y así haya la oportunidad futura de poder continuar aquella amistad que se construyó aquí en la Tierra con el mármol más precioso y sólido con que se edificó el Panteón de Agripa, el cual ha quedado como un legado de la antigua Roma o el Memorial de Lincoln en Estados Unidos.
Gustavo, que mal jugaron las cartas del azar!




