Opinión

La patria: ¿Un negocio lucrativo en la frontera?

Por: Rafael A. Escotto

«Aquel que no está orgulloso de su origen no valdrá nunca nada, pues comienza a despreciarse a sí mismo.» Pedro Albizu Campo.

Lo que hace la migración haitiana deleznable y, sobre todo, su fácil penetración hacia territorio de la Isla Española, se debe a que los habitantes de la parte occidental (República Dominicana) carecen de una identidad propia fuerte.

El dominicano por lo general o una gran parte de ello no tiene un perfil o apariencia que claramente pueda ser reconocido como tal, esto lo lleva a ser un ser humano inconsistente y poco leal entre uno y otro, inclusive su conciencia de patria muchas veces está subordinada a ventajas económicas irregulares, porque casi siempre tiene ese sueño o pretensión de riqueza y de vivir un estilo de vida holgado sin hacer esfuerzo verdadero para lograrlo.

Hubo un tiempo que enviar militares a la frontera con Haití significaba un especie de castigo, hoy día es sinónimo de oportunidad de cambiar su estado social y económico, permitiendo la inmigración ilegal  a cambio de prebenda, alguna sinecura o «macuteo«.

En la frontera la nación se canjea como si fuera una mercancía, sin interesarse un bledo en las consecuencias para el país receptor que trae esta actividad ilícita.

Por otro lado, mientras el haitiano sabe que es de origen negro afroascendiente, el dominicano de tez negra niega esta condición y prefiere, en cambio, adoptar como color el «indio«, con lo cual se reconoce a los pobladores originarios de América.  Esta actitud de rechazo asimismo en nuestros nacionales deja en evidencia que no se acepta o tolera. El caso de Sami Sosa es un ejemplo típico de autodiscriminación.

Otro aspecto que aparece muy marcado en algunos dominicanos es la falta de fidelidad. La envidia es otro elemento que está presente en el dominicano lo cual viene muy de la mano con  la  ambición, cual es ese deseo ardiente de poseer riquezas, fama o poder. Balaguer decía:

«Si usted quiere saber quién es el dominicano, dele un carguito«. Lo que quería dejar expresado el expresidente con esta frase era que se le iban los humos a la cabeza.

Hasta hace poco el dominicano aspiraba a lograr hacerse de una profesión universitaria-abogado, médico, ingeniero, economista-. En poco tiempo se dio cuenta que  a través de una profesión sus posibilidades de crecimiento socioeconómico era lento y entonces descubrió la política como fuente fundamental para conseguir un cambio rápido de bienestar sin que  su enriquecimiento fuera objeto de ningún cuestionamiento o consecuencia penal.

El hecho de que en el barrio un pobre diablo ascendiera de un estado social pobre a uno de opulencia en escaso tiempo de activismo político, ha creado en ciertos segmentos de la sociedad un afán de lucro que ha desbordado el anhelo natural de  bienestar de cualquiera persona. Como resultado de esas ansias ha surgido un número exorbitante de partidos y movimientos políticos sin poseer una verdadera militancia que lo sustente electoralmente.

Todos estos comportamientos extraños sumados crean un estado de permisibilidad lamentable y, al mismo tiempo, convierten la frontera en un negocio lucrativo, hasta el grado que la migración de haitianos al territorio dominicano ha crecido exponencialmente y con ella la marginalidad social, las enfermedades infectocontagiosas y los conflictos, en algunos casos, sangrientos, entre una raza y otra.

Todo parece indicar,  que para esta clase de dominicano en habiendo dinero la Patria pasa a un segundo o tercer plano al ser transformada en un artículo barato puesto al alcance de cualquier haitiano que pueda pagar el cruce del rio Masacre o el puesto de chequeo.

Esta debilidad permite que los haitianos penetren con facilidad al país con el consentimiento de militares, coyotes, transportistas, ingenieros, contratistas de obras,  hosteleros, campesinos, etc.  De la noche a la mañana, buena parte del país fronterizo ha perdido el sentido de nación por el dinero que circula diariamente en esos límites geográficos.

Para vender su país los dominicanos traidores han montado unas series de negocios, incluyendo imprentas disfrazadas a lo largo de la frontera dominico-haitiana para fabricar cédulas falsas a haitianos.

Otros con mayor grado de inteligencia y de ambición de protagonismo político en las  grandes ciudades, como la capital, registran ONGs y las ponen al servicio de la migración ilegal de haitianos.

Todo se hace por dinero y  para lucir generosos ante el  hejemón que compra sus  desleales servicios, a cambio de una fusión de la isla.

Quizás parezca fuerte admitir estas verdades en pleno día, sin embargo, durante las noches en la frontera y en los pueblos vecinos se hacen salcochos o ajiacos de sensacionales variedades. En medio de la plaza de venta de la patria, coyotes, empresarios, comerciantes, guardias, inspectores de migración dominicanos, choferes de autobuses y terratenientes beben barbancourt, whisky, clarín trempé  de contrabando y quienes poseen más dinero prefieren Clarín Sajaus, fuman y se emborrachan en nombre de la Patria  que está siendo comercializada infamemente a lo largo de la frontera.

Reconozco que tratar este tema abiertamente es muy comprometedor, no obstante, examinarlo desde la sociología y la antropología social es valiosa, toda vez a que coloca a quienes comercializan con la patria en una situación de culpabilidad que lo degrada porque la sociedad puede morir al darle lugar a otra cultura menos avanzada, como la haitiana. Recordemos que el imperio otomano se convirtió en un difundo histórico en el siglo XX.

No olvidemos que las sociedades igualmente sufren procesos civilizatorios y progresistas, pero lamentablemente también atraviesan crisis severas de retroceso en su desarrollo social y económico.

Hitler condujo a Alemania a situaciones que hoy llenan de vergüenza a los teutones o habitantes de Jutlandia, según el astrónomo Claudio Ptolomeo. La convirtió en un cementerio de fábricas y edificios y a su población en un ejército de hambrientos.

Hay momentos en la historia que reclama la existencia de un guía sabio y no uno que para preservar el poder o conseguir ascender a posición de gobierno tolere migraciones no deseadas. Con esto no quiero insinuar que se adopten posiciones desalmadas o inhumanas contra otros seres humanos. El legado de Duarte languidece a la vista indiferente de sus descendientes. La migración haitiana, con todas sus consecuencias hace lucir el futuro del país desesperanzador.

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