Meditación

MIRAD CUAL AMOR NOS HA DADO EL PADRE PARA QUE SEAMOS LLAMADOS LOS HIJOS DE DIOS

Rey Díaz

Reflexión Bíblica

1 John 3:1-7

¿Quiénes tienen el derecho divino de ser llamados hijos de Dios? ¿O acaso todos los seres humanos tenemos este privilegio?

Permítanme aclarar este asunto, debido a que existe una confusión muy grande en las personas de todas las clases sociales. Algunos rechazan, totalmente, la idea de un Dios soberano. Otros en cambio tienen una idea acerca de Dios, según su falta de conocimiento Bíblico.  Hay quienes creen erróneamente que todos somos hijos de Dios. Y su criterio sobre Dios está formado en ideas distorsionadas por la falta de preparación Bíblica, por tanto, cometen un grave error, al creerse ser hijos de Dios. 

Sin embargo, todos somos creación de Dios. Pero a través de Cristo, se define la paternidad de Dios, por medio de la fe en su Hijo. Los hijos vienen a ser aquellos subjetos sometidos voluntariamente a la obediencia del Padre, que han nacido de nuevo en la familia de Dios y aman por tanto a sus hermanos.  

Además, existen personas que creen tener garantizada la salvación eterna, basadas en prácticas tradicionales desconectadas de la palabra de Dios. Veamos pues que significa bíblicamente ser llamados hijos de Dios, porque no todos, según la Biblia, tienen este privilegio. No busco en esta exposición de la palabra de Dios, obtener popularidad. Ni tampoco la aceptación de todos los que me escuchan, presentar este mensaje, o me oyen a través del internet. 

Mas bien, llego ante ustedes para aclarar lo que la Biblia enseña sobre quienes tienen el derecho de ser llamados hijos de Dios. Y para ello, debemos remitirnos a las Escrituras, que es el libro sagrado que nos enseña la verdad que Dios quiere revelar al ser humano. Así que les invito ir paso por paso por los textos bíblicos que nos aclaran estas verdades reveladas en las Sagradas Escrituras.

La Primera carta del Apóstol San Juan invita a la Iglesia a través de la carta que el escribe a “Mirar cuan grande es el amor que el padre no ha dado el privilegio de ser llamados los hijos de Dios.” El no esta hablando a toda la raza humana, más bien se refiere a los fieles congregados en el nombre del Señor Jesucristo. Juan nos invita a mirar profundamente el gran amor del Padre hacia quienes depositan su fe y confianza en su hijo Jesús. 

Ese amor se ha manifestado, debido a que Dios quiere establecer una familia basada en una relación espiritual con su Hijo Jesucristo. Es por medio de esa relación con su hijo Jesús, que nosotros somos llamados hijos de Dios. Juan dice que eso es lo que nosotros somos, es decir hijos de Dios. Y a continuación nos dice que, por ser hijos de Dios, el mundo no nos conoce, y la razón que nos da por ese desconocimiento de la realidad, es que el mundo tampoco conoce al Señor Jesucristo. 

Así Juan establece un paralelismo entre el mundo y los hijos de Dios. Aquí, Juan enfatiza en su cosmovisión del mundo, a gente que rechaza a Dios. También la gente rechaza a su hijo Jesucristo, y por lo tanto, rechaza también a quienes han decidido aceptar la gracia de Dios, a través de su hijo Jesucristo. Debemos entonces, ir a la carta de Pedro, quien también fue discípulo de Jesús, quien escribió dos cartas a las iglesias formadas por los seguidores del Señor Jesús. 

1 Pedro 2: 2 dice “desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación, si es que habéis gustado la benignidad del Señor.” Aquí la leche espiritual se refiere a la palabra de Dios. Hay tres tipos de alimentos que aparecen en las Sagradas Escrituras. El primero es la leche, alimento para los niños, luego siguen las referencias a otros alimentos más sólidos, que no son para los niños en la fe, son llamados las viandas. Eso es alimento más solido para jóvenes y adultos.   

Y, por último, está la gracia de Dios que es el alimento espiritual que los adultos, que han alcanzado mayor madurez espiritual que los niños, o los jóvenes en la fe, están llamados a sostenerse de ese alimento espiritual. Estas tres etapas, la niñez, la adolescencia y la madurez se dan en todos los humanos que llegan a determinada edad. Sin embargo, la edad biológica no determina la madures espiritual, lo único que te limita es si obedeces o no la palabra de Dios.

Los niños recién nacidos lloran por la leche. Sienten hambre y necesitan ser alimentados. Así, Pedro pide a la congregación a quien dirige su carta, a desear como niños, recién nacidos la lecha espiritual no adulterada para que, por ella, crezcáis para salvación si es que habéis gustado la benignidad del Señor. De nuevo, Pedro no se refiere a la edad biológica de los hermanos, sino a su estado espiritual. Ellos son adultos, por eso no les pide que lloren, sino que deseen la leche espiritual no adulterada. Los niños, lloran, porque no han desarrollado su facultad de hablar, y la única forma de comunicarse con los adultos, es cuando lloran, porque algo le molesta. Y quieren llamar la atención de los adultos.

Pedro nos aclara este asunto de como llegamos a ser hijos de Dios. 1 Pedro 1: 23 anuncia “La invitación a los hermanos que forman parte de la familia de Dios, de que debemos amarnos de todo corazón, ya que hemos nacido a otra vida que no viene de hombres mortales, y que por tanto vivimos por la palabra eterna de Dios que vive y permanece para siempre. 

Con anterioridad a este pasaje bíblico Pedro dice a la iglesia que, según su grande misericordia de Dios, nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que esta preparada para ser manifestada en el tiempo postrero. Notemos en estas palabras lo siguiente:

  1. Hemos renacido para ser simiente de Dios
  2. Debemos entonces amarnos de todo corazón como familia de Dios
  3. Esta nueva vida no proviene de hombres mortales sino de Dios
  4. Es la palabra eterna de Dios que nos ha hecho renacer para vivir eternamente a su lado

Ahora debemos ir al evangelio de Juan. En el capítulo número tres, Jesús tiene una interesante conversación con un Fariseo llamado Nicodemo. Este era un hombre principal entre los fariseos judíos. Vino de noche a Jesús y tuvo una conversación en privado con el maestro. Nicodemo elogia a Jesús diciéndole que sabe que viene de Dios porque nadie puede hacer las maravillas que Jesús hacia si Dios no estuviese con él. Pero Jesús no se impresionó de este Fariseo, sino que más bien, dijo a este, “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.”

Nicodemo quedo totalmente sorprendido al preguntarle a Jesús, ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Jesús respondió, De cierto de cierto te digo, que el que no naciere del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del espíritu, espíritu es.” 

El evangelio de Juan nos aclara que no es perteneciendo a una Iglesia, denominación o a un grupo religioso. No es por hacer oraciones interminables y repetir hasta cansarnos. Si deseamos ver el reino de los cielos, entrar en él y permanecer allí para toda la vida, entonces debemos nacer de nuevo. Más adelante Jesús aclara a Nicodemo y también a nosotros, lo que esto significa. 

En el verso 14 dice, “Y como Moisés levanto la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna.” Nacer de nuevo es creer en Jesucristo. Esa fe en el Hijo de Dios te brinda gratuitamente la salvación eterna. El verso 16 amplifica y explica a la vez ese perfecto amor, de Dios como Padre celestial. Dice, y cito, “Porque de tal manera amo Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en el cree, no se pierda, más tenga vida eterna.” 

Dios quiere que todos los humanos sean salvos, pero no todos los humanos han aceptado las palabras del evangelio de Dios. Creer en Jesús es nacer de nuevo y obtener a la vez la salvación eterna. El Espíritu Santo viene a morar en tu vida, produciendo un nuevo ser en ti. Se opera en el que cree, un nuevo nacimiento, que procede del Espíritu y de la gracia de Dios. Ese nuevo ser debe ser alimentado, debe ser educado en la familia de Dios, para que aprenda a reproducirse espiritualmente, y luego traiga nuevos hijos a la fe Cristiana. 

Nicodemo no entendía esto. Yo tampoco lo hubiese entendido, si Jesús no lo explica. Ese evangelio sigue diciendo verso 17 que Dios nos envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. Además, dice que el que cree en Jesús, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito hijo de Dios.

Jesús dice que los que no creen en él, ya están condenados. No hay que esperan el juicio final. Ya las personas que no tienen a Jesús como su Señor, y salvador, están condenados. No porque Jesús los condena, sino por su falta de fe, por no creer en Jesucristo. Si alguien asiste a una iglesia, pero no cree en Jesús, entonces no es salvo. Se dice que entro un hombre a la iglesia vestido de como la gente pinta al Diablo, cuando alguien anuncio “El Diablo”, la iglesia quedo vacía, excepto un hombre, que se quedo allí, mientras el supuesto diablo se le acercaba, el le decía, por favor Diablo no me lleve, yo siempre le he servido a usted en este lugar.”

Si eres salvo, entonces tu vida ha sido transformada por el poder del Santo Espírito para poder agradar a Dios, no por medio de ritos, y oraciones, sino por una vida transformada por el poder de Dios, quien capacita a cada creyente para vivir haciendo la voluntad de Dios. Jesús dice que el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios. 

La luz es lo opuesto a las tinieblas. Vivir en tinieblas, significa continuar viviendo opuesto a la voluntad de Dios. Seguir las mentiras que enseñan la Iglesia Católica Romana es vivir en tinieblas. Seguir algunas creencias que practican varias denominaciones “mal llamadas cristianas”, eso no solo vivir en tinieblas sino también es vivir practicando apostasía condenadas por las Escrituras.

Solamente Cristo Salva, la Iglesia es portadora de las Buenas Nuevas de Salvación, pero la iglesia no salva a nadie. Nosotros como iglesia somos instrumentos en las manos de Dios, pero Cristo es el único que salva, da vida a los muertos, sana al enfermo, socorre al caído, da vista a los ciegos, y purifica por medio de la su sangre y de su espíritu al pecador. Hay una alabanza que expresa esto de manera clara, “Solamente en Cristo, solamente en él, la salvación se encuentra en él, no hay otro nombre dado a los hombres, solamente en Cristo, solamente en él.” 

La segunda parte de la lección de la carta de Juan apunta sobre el futuro de lo que habremos de llegar a ser. Vuelve y nos afirma que actualmente somos hijos de Dios, pero todavía no hemos llegado al final de la meta Cristiana. Dios nos llamó con un propósito de a ser transformado, de tener un cuerpo glorificado semejante al de Cristo. Desde el principio de su creación Dios nos destinó para que vivamos junto a él para siempre. Todavía no sabemos a ciencia cierta lo que habremos de ser. No podemos discernir tal cosa, ni describir lo que hemos de ser. 

Sin embargo, las Escrituras nos dicen que cuando Cristo aparezca, nosotros seremos semejante a él, porque le veremos a él tal como él es. Veremos la majestad del Señor Jesucristo con toda su gloria, con todo su esplendor, y santidad. Le veremos tal como él es. No habrá nada oculto en ese encuentro celestial. En ese preciso instante, seremos transformados con un cuerpo purificado por el poder de Dios. Pero no tenemos que esperar ese momento, de hecho, ya somos purificados por esa esperanza gloriosa de ver al Señor Jesús. Científicamente no podemos analizar los resultados de ese encuentro glorioso. Solo sabemos que seremos como el es, y el hecho en si de tener esta esperanza, purifica nuestras mentes, nuestras almas y nuestras vidas, hasta la espera de ese glorioso día cuando el Señor vendrá por su pueblo. 

Juan luego entra en el aspecto práctico de la fe cristiana, la obediencia al mandato divino, es decir quebrantar la ley es pecar. Todo aquel que peca quebranta la ley. De hecho, el pecado es desobediencia al mandato divino. Sin embargo, Jesucristo apareció para deshacer de nosotros el pecado, para desaparecer el pecado de nuestras vidas.

En Jesús no existe el pecado, él es Santo, justo, puro y bueno. Por tanto, nadie que viene al Señor Jesucristo vive pecando. Tampoco, nadie que continue pecando le ha visto a él, o le conoce a él. Mientras Jesús es la manifestación del amor de Dios, Satanás es padre de la mentira, el engaño y de toda maldad. El busca corromper y arruinar la comunión que el cristiano tiene con su Señor. 

El busca inducir al ser humano a hacer cosas contrarias al mandamiento divino. Quien sigue a Cristo, se caracterizará por amar a Dios y a su prójimo, por servir a Dios y proclamar con su vida y palabra el mensaje de la fe en Jesucristo. Esto es vivir la perfección cristiana que se determina por el amor hacia Dios, y el amor al próximo. 

Finalmente, la palabra de Dios dice a la iglesia, “queridos hijos, no dejen que nadie los guie por el camino equivocado.” El que hace lo correcto es una persona justa, de la misma manera que el Señor es un ser justo. Y la invitación naturalmente es la que todos, como hijos de Dios, somos llamados a hacer lo correcto, a ser justo y practicar la justicia, a vivir en amor como hijos de un Padre amoroso, que cuida de sus hijos. Y por que Dios es justo y bueno, el se dirige a sus hijos como Padre amoroso quien nos ofrece lo mejor. Una vida eterna al lado de él, y de todos los que le aman y le sirven. Es por esta razón que somos llamados hijos de Dios. Y los hijos de Dios se distinguen por su amor, por vivir no en la practica del pecado, pero en una vida purificada, regenerada en la esperanza que todos tenemos en Jesús.

Viviendo así, no dejaremos que nadie desvíe el camino que hemos escogido de servir al Señor. El camino desviado es aquel que atenta contra la santidad de Dios, y también la vida de justicia, y amor que debemos llevar. ningún amigo, ni familia, ni ningún líder político o religioso podrá hacer que desviásemos el camino recto del Señor, si permanecemos unidos a Cristo y su Santa Palabra.

 

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