Proclamación para el Domingo de Ramos “Si éstos callarán, las piedras clamarían”
Rev. Dr. Rey Díaz
Lucas 19:28-40
Las naciones, las instituciones sociales como la iglesia y la familia, crecen, se desarrollan o sucumben ante el liderazgo de un Presidente, un Pastor, el Padre y la madre de familia. Pero también sucumben cualquiera de estas instituciones ante la pésima administración, o el liderazgo inepto de algún funcionario. Sin embargo, la Iglesia, a pesar de ser una institución humana está fundada bajo el liderazgo de Jesucristo, el hijo de Dios.
Como tal, la Iglesia, según afirmó el Señor, de que ni siquiera las puertas del Hades podrán triunfar sobre ella. Desde su origen, la iglesia cristiana ha recibido ataques desde dentro y fuera de sus propias filas. Y a pesar de todos los conflictos que la iglesia ha tenido que enfrentar, la misma sigue siendo el cuerpo de Cristo, para la proclamación del evangelio y hacer discípulos en todo el mundo.
Ella ha tenido enemigos muy temidos dentro de su propia institución, como también fuera de la misma. Estas pruebas empiezan con el grupo de los 12 discípulos de Jesucristo, el hijo de Dios. Entre los 12 discípulos, uno era desde el principio, hijo de perdición. Ser hijo de perdición significa ir en contra de la voluntad de Dios. Dios ha establecido principios claros y contundentes que van desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Un discípulo acepta la fe, recibe instrucción y luego es enviado a proclamar e instruir a los nuevos creyentes.
El verdadero creyente puede acatar o rechazar esos principios. Todos tenemos libre albedrio para escoger o rechazar el llamado de Dios. Al escudriñar la palabra debemos ser mansos y humildes para acatar su voluntad. Pero también, podemos rechazar su voluntad porque Dios nos creó con la libertad de escoger entre lo bueno y lo malo.
Así como hay hijos obedientes a sus padres, hay otros que son desobedientes. Hay hijos rebeldes a la voluntad de los padres cuando estos los quieren guiar por el buen camino. Estos hijos rebeldes consideran cualquier disciplina impartida por los padres como una carga pesada que no pueden sobrellevar. Podemos observar ese tipo de casos en la sociedad norteamericana, pero no es algo exclusivo de nuestra nación. El caso de rebeldía, como también de obediencia sucede en todas partes del mundo, aun en las mejores familias. Podemos observar como este tipo de acción sucede en muchas de las familias en el mundo, también este fenómeno se da entre gobiernos, funcionarios corruptos, en las iglesias y en las instituciones de mucho prestigio donde la corrupción ha calado profundamente.
Pero la iglesia, aunque ha experimentado muchos desacuerdos, divisiones de dentro y fuera de sus estructuras, y a pesar de que la iglesia no ha sido inmune a la corrupción, y los abusos de poder en distintas etapas históricas, sigue siendo el instrumento en las manos de un Dios para la transformación del hombre y la mujer que se encuentra en estado degradante. Dios a pesar de la condición pecaminosa, él nos ama, busca salvarnos del castigo eterno para que podamos disfrutar de una plena relación con Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Se puede afirmar que todo discurso es político porque proviene del hombre. El filósofo griego Aristóteles señaló que “El hombre es un animal político. Esto significa que el hombre se diferencia de los animales, entre otras cosas, porque vive en sociedades organizadas políticamente, en cuyos asuntos públicos participa en mayor o menor medida, con el objetico de lograr el bien común: la felicidad de los ciudadanos. Este concepto apunta hacia una realidad social presente y futura a la vez. Y la palabra proclamada, apunta hacia una realidad presente, la del ahora que nos conduce a aprender a cómo convivir pacíficamente entre todos los habitantes del planeta y a su vez apunta hacia una realidad futura, espiritual y eterna: la del reino de los cielos.
El reino de los cielos, o el reino de Dios y de su Hijo Jesucristo, se contrapone a todos los reinos de este mundo. Hay una dicotomía entre la iglesia y la sociedad: por un lado, los cristianos somos extranjeros y peregrinos en este mundo, en el mejor de los casos, somos embajadores del reino celestial.
Al padre de la fe judeo-cristiana, Abraham, se le dieron dos promesas, la de un hijo, y la tierra prometida. El, aunque creyó a Dios con toda confianza de que cumpliría esas dos promesas, se mantuvo, sin embargo, viajando de un extremo al otro de la tierra en busca de la ciudad permanente, la ciudad celestial. Por lo cual Dios no se avergonzó de llamarlo su hijo. Abraham no buscaba una ciudad terrenal, sino celestial y los hijos y las hijas de Dios, buscamos, no una ciudad terrenal sino la ciudad celestial permanente, que dura por los siglos de los siglos.
La entrada triunfal de Jesucristo a la ciudad de Jerusalén, señala la inauguración de ese reino venidero. Jesucristo, vino como rey, montado sobre un burro. Vino en cumplimiento de las Escrituras, porque en la palabra Santa, ni una tilde, ni una J debe pasarse por alto, todo se cumplirá como está escrito.
Así como estaba escrito sobre el Mesías, se cumplió. La gente al celebrar la Pascua Judía, se había reunido en Jerusalén, y sus alrededores. La gente venía desde los más recónditos lugares para conmemorar el éxodo de Egipto. Era un magno evento, la liberación de la esclavitud física después de 400 años de esclavitud en Egipto, este evento no podía quedar en el olvido. Así que, desde las comunidades asentadas en distintas regiones del mundo, los judíos se trasladaban para conmemorar esta fecha histórica.
Cuando vieron a Jesús que venía montado sobre un burro, la gente reunidos para la celebración de la Pascua Judía, cortaron ramas de las palmas, se quitaron sus abrigos, tiraron todo al piso, y gritaban a viva voz, hosanna bendito el Rey que viene en el nombre del Señor, Hosanna en las alturas. Los líderes religiosos, al ver la multitud, y al oír lo que decían, le dijeron al mesías, “Dile que se callen, no deben decir semejantes cosas.” Y Jesús les responde a ellos, “Os digo que si éstos callarán, las piedras clamarían”.
No es hora para callarnos. No es hora para guardar silencio. Es hora de gritar por los cuatros conos de la tierra “Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor, Hosanna en las Alturas. Es hora de proclamar que Jesucristo es nuestro Rey. El vino para deshacer el pecado. El vino para traernos paz a nuestras relaciones conflictivas con Dios y los demás. El vino para conducirnos a la misma presencia de Dios. El vino para hacernos libre del pecado, de la ley y de la muerte. Entonces, porque no gritar Hosanna, bendito el Rey que viene en el nombre del Señor.
Es que no tenemos razón válida para callar. Cristo nos ha hecho libre, nos amistó con Dios, pagó la cuenta de nuestros pecados, y vino al mundo para que no viviéramos en la miseria que el pecado y la maldad producen de odio, guerras, muerte y destrucción. Jesucristo vino para que viviéramos transformados por el perdón que nos brinda él a través de la sangre del nuevo pacto, la sangre derramada en la cruz como la de un cordero sin mancha y sin contaminación. Si hay poder en la sangre de Jesucristo. Como dice un himno cristiano, “hay poder por su muerte en la cruz, proclamad que hay perdón, para todos hay perdón…Los que acuden al Señor Jesús.”
En el primer Domingo de Ramos, Jesús inauguró su reino con la entrada triunfal a la ciudad Santa de Jerusalén. Sus enemigos no querían que la gente grite, querían el silencio del pecado. Querían el silencio de la maldad, del odio, de la corrupción y de la muerte. Como hay muchos enemigos hoy en día que desean acallar la iglesia. Pero en cambio Jesucristo, prefiere oír a la gente gritar. Porque si guardan silencio, entonces, y solo entonces las piedras gritarán ante la falta del grito de alegría y libertad. ¿Qué ustedes prefieren, la gente gritando de alegría, o que las rocas griten ante el silencio de los humanos.
Jesús prefirió oír la muchedumbre. Cada uno de ellos había sido formado a la imagen de Dios. En su fe genuina, ellos reconocían a su mesías. Reconocían el cumplimiento de las profecías bíblicas. Su declaración era una declaración política que el oficialismo religioso queria ocultar. Los corruptos querían pervertir el orden divino de que la voluntad de Dios se cumpla en la tierra como también se cumple en el cielo. Deseaban mantener en el anonimato a su Mesías. Las rocas, en cambio, no habían sido hechas a imagen y semejanza de Dios. Por tanto, debían guardar silencio, pero si los humanos callaban ante la entrada triunfal de su Rey, entonces no había alternativa, las rocas debían clamar de alegría.
En cambio, a pesar de las adversidades de los líderes religiosos, del status quo, los congregados en la ciudad de Jerusalén clamaban a viva voz, dándole la bienvenida a su Rey y Mesías. Jesucristo, se alió a la proclama del pueblo. Porque la voz del pueblo es la voz de Dios. Y si Jesucristo se unió al clamor popular, al dar su aprobación para que la gente lo proclame como su Rey, por qué no unirse también al clamor popular del pueblo.
Este Domingo de Ramos la invitación es dar la bienvenida a Jesucristo. Únete tú también en esta magna celebración: “Bendito el que viene en el nombre del Señor. Hosanna en las alturas. Si bendito el Rey que viene, en el nombre del Señor. Bendito 100 mil millones de veces. Nuestro eterno Rey, por su sangre nos lavó y nos libró del pecado. Por la fe en su muerte y en su resurrección ahora pertenecemos a su reino de paz y de amor.
No eres más esclavo del pecado, ahora vives para Dios. Por su gracia, él nos ha transformado y ahora pertenecemos a su reino celestial. La salvación es un acto de la gracia divina, que rescata de la miseria al hombre pecador. Los miles de seguidores de Jesucristo, eran aquellos que el Señor había sanado, tanto mental como físicamente. Ellos habían experimentado el poder sanador y transformador del Mesías. Entre sus seguidores se oyó decir, “nunca otro hombre ha hablado como este. Que hombre es este, que aun los vientos y la mar le obedecen. A quien iremos si solo tú tienes palabra de vida eterna. Di tan solo la palabra y mi criado sanará. Verdaderamente, este era el hijo de Dios.”
Es sobre esta confesión que encontramos la salud espiritual para nuestra alma afectada por el pecado. Es que Jesús ha venido para traernos la luz de Dios. Ya no debemos andar más en tinieblas, porque su palabra ilumina nuestro sendero para que andemos en la luz de Dios. Aclamemos su nombre…Démosle la bienvenida, proclamemos su salvación. Bendito el que viene en el nombre del Señor, si porque si no lo decimos, las rocas clamarían ante la grandeza del hijo de Dios.
Oremos…
Señor, el pueblo de Israel, en la Ciudad Santa de Jerusalén, dio la bienvenida a su Rey. Lamentablemente muchos rechazaron a su Rey. Ensénanos a recibir con gratitud al que viene en el nombre del Señor. En este Domingo de Ramos, nos unimos al pueblo de Dios que proclama al Señor Jesucristo como su Rey. Oramos en el nombre de Jesucristo. Amen




