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La Fe Cristiana ante El COVID-19

Desde el mes de enero y febrero del presente año el COVID-19 ha confinado a los habitantes de las naciones a un distanciamiento social por el riesgo de contraer este peligroso virus provocando la inseguridad que ha ido causando en la población mundial esta enfermedad dando inicio a partir de 2020 al encerramiento gradual por tiempo indefinido abriendo ampliamente las ventanas a la espiritualidad, a la fe y al reencuentro familiar en los hogares como quizás nunca antes se había conocido en la vida moderna de las naciones afectadas por esta pandemia. 

Es una experiencia nueva que vive la colectividad humana. El humanismo, materialismo, hedonismo, el avance de la ciencia, el capitalismo más cruel e injusto que hayamos experimentado, la caída de la bolsa de valores y la incertidumbre de cuándo terminará todo esto, permiten que los individuos más adversos a la Fe, ante la posibilidad de la muerte, busquen refugio en las cosas del más allá.

Esa situación mundial que se vive actualmente ha dado pie a la búsqueda de una respuesta bíblica a partir del auge surgido a raíz del coronavirus que incrementa la conjetura sobre la muerte, la vida, y la fe en un momento de crisis internacional, para la cual no tenemos mucho tiempo de reflexión, ni respuestas adecuadas a la crisis mundial por el coronavirus. 

Mientras tanto, refugiarse rápidamente en todo aquello que ofrezca seguridad, paz, y tranquilidad de espíritu parece ser la forma más adecuada y sensata de allegarnos a Dios. Ni la ciencia médica, ni la política, ni los valores económicos ofrecen un alivio saludable ante la pandemia desatada en China, en una época que la gente de todas las edades teme morir rápidamente. Ante esta posibilidad, la gente busca refugio en el área de la fe en Dios y las enseñanzas de Jesús.

Una forma simple de observar lo que acontece es a través de Jesús quien dijo: “Yo soy el camino, la verdad, y la vida y nadie va al Padre, sino es por mí”. “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá y todo aquel que vive y cree en mí no morirá eternamente.” Ningún otro líder espiritual afirmó conceder, lo que Jesús ofrece a todos los humanos. En creer, o dudar esta la diferencia entre la inseguridad eterna, o el castigo eterno.

Jesús anunció su muerte, pero ni sus discípulos le creyeron. Jesús en ese sentido es el único que sabe el día, la hora y el lugar de su muerte. Contrario a Santiago Nasar, en “Crónica de Una Muerte Anunciada”, donde Gabriel García Márquez recrea los hechos en un cuento de cómo los mellizos vicarios planearon y ejecutaron la muerte de Santiago Nasar. Todo el vecindario, y los miembros de su familia sabían sobre el complot para matarlo, el único que no sabía nada era al que iban a asesinar.

Contrario a Jesús que sabía todos los pormenores de su muerte. Pero el contraste entre Santiago Nasar y Jesús de Nazaret, son totalmente opuestos. Mientras a Nasar lo asesinan por deshonrar la familia Vicario, a Jesús lo crucifican por testificar sobre la verdad acerca de Dios.

Ambas narrativas indican que la existencia humana está plegada de dolor, las crisis constantes y finalmente la muerte. Jesucristo tomó control de la vida y de la muerte cuando sufrió, murió, fue sepultado y resucitó al tercer día, levantándose de entre los muertos. San Pablo en su carta a la iglesia en Roma dice: que “Si vivimos para él vivimos, y si morimos para él morimos, sea que vivamos o sea que muramos, somos del Señor.”

Es por esta razón que la gente a partir del brote del coronavirus está en busca de esos valores espirituales de la fe cristiana, porque esos valores pueden ser la única esperanza ante la amenaza de la pandemia que produce la muerte. Entonces, buscar una solución a la crisis espiritual ante los desafíos provocados por el humanismo, el materialismo, el comunismo, el capitalismo, el nacionalismo, y aún la democracia las cuales pueden traer falsas expectativas ante un mundo que cada vez más se vuelve irracional y egoísta, que generan un desbalance social de acumular más de lo necesario en vez de compartir los bienes comunes que nuestro creador colocó en este mundo para el disfrute de todos.

Sin embargo, la fe cuando es sincera y autentica se aleja del bien individual, busca el bien común creando las condiciones sociales que dan paso a la vida y la salud de todos los miembros en cualquier sociedad, contribuyendo así al bienestar colectivo. 

La fe cristiana transforma las principales estructuras sociales que crean la explotación, la esclavitud, el odio y la muerte. El egoísmo como símbolo del mal, desaparece en las nuevas relaciones interpersonales convirtiendo al creyente en un ser que excluye el temor, el pánico y las adversidades de la vida capaz de paralizar la actividad humana, para así sobreponerse a todos los males sociales, incluyendo a la muerte. 

Tan pronto una persona experimenta el poder transformador de aquel que murió y resucitó de entre los muertos por el poder transformador de Dios, esa persona es una nueva creatura. Entra en una nueva relación con Dios y el prójimo para vivir en amor y sin egoísmo. Esa fe en Jesucristo nos da seguridad al acércanos más a Dios, haciendo desaparecer el temor a la muerte provocada por el Coronavirus, o por cualquier otro peligro que atente contra la salud y el bienestar social de quienes tienen fe para preservación del alma.

La respuesta a los problemas cruciales de la vida, de aquí y de allá, solo pueden ser resueltos por medio de la fe en Jesucristo, porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos. El COVID-19 es un virus producido por el hombre, que solo busca producir el pánico, la enfermedad y finalmente la muerte. Mientras el virus hace su efecto, Jesucristo dice: “Yo he venido para que tengan vida, y vida abundante. La fe en Jesucristo brinda a todos por igual, esa vida abundante que solo Dios puede ofrecer.

Por : Rey Díaz

zoolaar@live.com

 

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