La gaviota y el pescador

Por: Rafael A. Escotto
Al poeta Luis José Rodriguez T., a Andrés Mejia Lizardo y a Piero Espinal Estevez
La mar esperaba el vuelo razante de la gaviota. La tarde confiada oraba en el altar del cielo la triste llegada del ocaso. La montaña altiva y vigilante mirando el valle a sus pies le daba sentido a la isla de arrecifes de corales; unas lluvias cansada de dormir sobre el algodón de nubes presumidas se despiertan y bajan aprisa remojando los campos y un olor a tierra después de varios días de calor hacieron florecer el vergel.
Mientras todo acontecía en aquel paisaje marino, el pescador sentado sobre la barca prepaba reposado unas redes para sorprender los peces que juegueteaban debajo de las aguas del oceáno. Una bandada de alegres gaviotas hacen acrobacias sobre las olas que llegan a las orillas ensortijadas.
El anciano pescador se hace a la mar en su pequeño velamen; sobre su cabeza cubierta con un ancho sombrero vuelan rítmicas las blancas gaviotas; aquella frágil embarcación cabecea una y otra vez, cabecea, luchando bravía contra los embravecidos oleajes. Una luna egregia deja ver su refulgencia sobre las aguas activas de una mar que ruge.
El viejo, en aquella inmensidad arria las velas, baja el ancla y lanza su red sobre las aguas. Mientras aguarda reposado hace lo que siempre a hecho: sacar su pipa de capitán y fumar. Luego, descansa su cuerpo sobre la popa del barco, con su cara hacia el cielo azul observa abstraido y admirado el brillo rutilante de las estrellas.
En ese estado de larga espera en medio de los acompasados cabeceos del mar, el viejo pescador recuerda a Garcia Lorca inspirado: Pobre mar condenado/a eterno movimiento/habiendo antes estado/quieto en el firmamento/Pero de tu amargura/te redimió el amor/Pariste a Venus pura/y quedóse tu hondura/virgen y sin dolor.
Despierta de aquella fantasía elegíaca; se coloca de nuevo su pipa de capitán en su boca y vuelve a su faena de pescador solitario. Comienza a tirar de la pesada red…mientras tiraba movía su pipa de capitán de un lado a otro de su boca.
Las gaviotas se avalanzan de picada una y otra vez sobre el cardumen. El avezado y bonachón pescador presiente una buena captura y una sonrisa de regocijo en el astuto rostro asoma. Al gorgojeo del mar, las gaviotas sobre la red aletean.
El viejo pecador alumbrado por el resplandor de la luna levanta ancla y avienta las velas de su vergantin al soplo de los Vientos Alisios, hacia su casa va orandole a la Virgen del Carmen, estrellla del mar, Patrona de los pescadores.
El viejo pescador regresa desde la inmensidad del mar en su pequeño y colorido barco pesquero de madera. De la pared de su casa a orillas del mar azul turquesa cuelga una pintura de un artista que ilusionado pintó aquel paisaje marino.
Olas errantes de blancas espumas visitan los frallones y enseñan sus emociones, las gaviotas planean engreidas sobre el piélago; el viejo pescador artesanal estaba alli sentado pensativo, por su cabeza pasaba quizas lo momentos felices en los oceános navegados por el viejo capitán.




