Educación

Educación emocional: en busca del «corazón» de la escuela

Las Islas Canarias se han convertido en un referente europeo en la materia que avanza por el resto de España

Nieves Mira

Los seres humanos no solo son inteligentes desde el punto de vista cognitivo, sino que tienen otras inteligencias (musical, espacial, interpersonal…), y una de ellas tiene que ver con las emociones. Con el objetivo de dar respuesta a las demandas cada vez más concretas de los alumnos, se desarrolla la educación emocional, para que desde pequeños tomen las riendas de sus sentimientos, que determinan luego su comportamiento cotidiano. Con ella, los menores aprenden a percibir cómo se sienten, identifican y se comunican con esas emociones y, finalmente, las regulan para controlar su conducta, tal y como indican las educadoras Inmaculada Montoya y Silvia Postigo.

Las Islas Canarias se han convertido en un referente europeo en la materia, implantada de forma obligatoria en el currículum escolar desde hace seis cursos y que ya recoge sus primeros frutos. Allí se registran las tasas más elevadas de fracaso y abandono escolar además de otros problemas vinculados a la pobreza, y según cuenta Antonio Rodríguez, profesor en la Universidad de La Laguna y autor del Manual de referencia de Emocrea, «esas problemáticas no se abordan con más matemáticas y con más lengua, porque el problema no está en que nuestros niños tengan dificultades cognitivas, sino en que tienen un déficit de autoestima o autoconfianza. Mi hipótesis es que está relacionado con nuestras incompetencias emocionales. Si hay un sitio donde podía tener lugar esta asignatura es aquí», dice en referencia al archipiélago.

Emocrea se imparte a niños de primero a cuarto de Primaria, y para encajarlo en el horario se restaron de Matemáticas y Lengua las dos horas semanales que ocupa. «Tenemos que sentirnos privilegiados porque todos los niños de nuestro sistema educativo tengan la posibilidad de que sus maestros les ayuden a tratar con su corazón emocional», cuenta Rodríguez, uno de los impulsores. Su implantación chocó en un primer momento con la oposición de los profesores, que vieron cómo ellos también tenían que aprender a gestionar sus propias emociones para después lidiar con las de sus alumnos. «Ahora nos lo celebran los propios niños y maestros, e incluso los padres. Al final, Emocrea es un espacio para hablar con su corazón emocional y encontrarse con las preocupaciones vitales de cada uno. Los alumnos de quinto y sexto de Primaria que ya no reciben esta asignatura nos manifiestan su malestar», señala el profesor.

En palabras de Rodríguez, que desde la Universidad de La Laguna forma a los futuros maestros de las islas, la educación emocional supone el comienzo de una verdadera revolución de la comunidad educativa, porque «terminará transformando a las personas que la constituyen y, por tanto, a la propia sociedad». Según confiesa, él mismo dudó de su viabilidad, de que en un currículum se pudiera implantar dicha innovación, y ahora cada vez son más los que se acercan hasta Canarias para conocer de primera mano cómo se está desarrollando la experiencia allí.

Con paso firme

Por la península son varias las iniciativas privadas que se abren paso cada vez con más fuerza en centros escolares. En Cataluña, por ejemplo, se desarrolla el programa Treva, que además, tiene que ver también con la meditación, relajación y el «mindfulness». El proyecto nació hace más de dos décadas, en principio ideado para que los profesores afrontaran el «síndrome del quemado». «Los maestros tenían cierto desasosiego y aburrimiento. Nos preguntamos qué se podía hacer para ayudar a disminuirlo, y vimos que lo mejor sería relajar a los niños. No inyectarles el silencio sino que tengan el control de sí mismos para hacer los procesos mejor», cuenta Luis López, cabeza visible e impulsor de Treva hace ya dos décadas.

En las decenas de colegios en los que se desarrolla Treva (parada, tranquilidad, en catalán), los alumnos dedican de dos a diez minutos tanto a concentrarse (a primera hora del día y de la tarde) como a sosegarse (por ejemplo, al volver del recreo) y centrarse «en el presente». «Un programa así cambia por completo la metodología de la clase, se hace más amena, se mejoran las habilidades cognitivas de atención, memoria o resolución de problemas pero también la convivencia, al compartir proyectos con los que están al lado. Estos pequeños rituales, al final, mejoran también el aparato cardiovascular, la postura en clase, etc.», añade López.

Romper la dinámica

Al final, estos espacios suponen «un oasis en medio de las cosas que hacen, todas relacionadas con la informática, con los sistemas», cuenta este maestro. «Cuando un profesor de matemáticas les hace cerrar los ojos, se lo toman a broma las primeras veces, pero la respuesta con el tiempo es increíble. Están más tranquilos en clase, se enteran mejor de la materia y son partidarios de realizarlo», argumenta López. Los alumnos con necesidades especiales, como pueden ser niños con TDAH, se encargan, mientras tanto, de otras tareas, como hacerse cargo de la música, colorear un dibujo u otras actividades.

Lo que caracteriza a la educación emocional es que es transversal, aplicable a todos los niveles, y hay escuelas infantiles donde también trabajan con la atención plena. Desde Nemomarlin, donde han implantado el «mindfulness», apuntan a que «el primer cambio se hace visible en el equipo educativo, que transmite a los niños la serenidad y las herramientas adecuadas para esta práctica». Entre los beneficios entre los más pequeños destacan el desarrollo de la capacidad de concentración, una de las mayores preocupaciones para los padres, según reconocen desde el equipo educativo de la Moraleja.

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