
EL sábado 28 de abril (1979) a las tres de la tarde estaba despertando de la siesta que dormía para reponer energías e integrarme, como editor, a la redacción de El Nuevo Día en San Juan, PR. El televisor de mi cuarto (casi nunca veo TV) me despertó con un boletín de última hora en el cual se establecía ( basándose en una información del hilo local de The Associated Press ) que el entonces Gobernador Carlos Romero Barceló había admitido, por primera vez, que tenía conocimiento previo de lo que iba a ocurrir en el Cerro Maravilla, en que fueron ejecutados dos jóvenes independentistas, en un entrampamiento dirigido por el agente encubierto Alejandro González Malavé, posteriormente asesinado por un grupo «revolucionario». Apresuradamente, llegué primero a la Redacción para dar seguimiento a la noticia. Esa misma tarde trágica, asesinaron también al joven cubano (socialista) Carlos Muñiz Varela, que organizaba entonces excursiones a Cuba como propietario de una agencia de viajes en San Juan. Carlos Castaneda, Director fundador de El Nuevo Día había renunciado a su posición para producir un proyecto continental con el nombre de Revista Así y en ese plan había reclutado al reportero Roberto Fabricio para ocupar la dirección de El Nuevo Día. (Recuerdo que para dejar a Fabricio como piloto del avión que ya volaba en un sólido techo de publicidad y circulación le dijo en una cena, a al filo de la madrugada en la que participábamos los tres en el restaurante El Oasis del Condado, PR: «Roberto en lo que tomas el piso déjate llevar de Sucre, que es mi discípulo amado». Entendí mi misión, aunque era un redactor, sin puesto ejecutivo y fiel, como siempre, a las encomiendas, le dije cara a cara, antes de irme a las 10:00 PM en la mesa de editores al flamante Director , sin que me preguntara: «Roberto la noticia principal debe ser la nota de que Romero admite tener conocimiento previo de los eventos el Cerro Maravilla y en segundo lugar el asesinato de Muñiz Varela». Manuel Agromayor, que era el jefe de Redacción e Ismael Fernández, jefe de información ( los dos eran hombres del Gobernador Romero) argumentaron, a coro, que eso era más de lo mismo. Nada, me fui a casa en Bayamón y al día siguiente todos los periódicos de Puerto Rico publicaron la noticia de Romero como titular principal y El Nuevo Día apareció como un fotuto del partido oficialista y del entonces Gobernador Romero Barceló. Fabricio, un periodista con principios de ética de la gran prensa norteamericana, debió sentirse avergonzado porque vino el domingo a la redacción, en su tiempo libre, y escribió un editorial (publicado en la edición del lunes 30 de abril en que llamaba mentiroso al Gobernador Romero Barceló porque, de seguro, se sentía traicionado por el Primer Ejecutivo boricua, con quien había almorzado días antes para mantener el asunto acorde con la versión oficial de que Romero rechazaba tener conocimiento del entrampamiento… Fue el fin de Fabricio como Director de El Nuevo Día.




