Opinión

La Mafia se ha convertido en su propio parque temático

El pasado lunes, Italia mostró al mundo una imagen recurrente durante la historia negra del país: la de un gran jefe mafioso engrilletado y flanqueado por carabinieri. El hombre, un octogenario que en la foto presenta un vago parecido con Miliki, es Settimio Mineo. Un joyero de la calle Tukory que, antes por tratarse del decano que por méritos darwinistas, estaría ejerciendo una jefatura colegiada en el intento de reconstrucción de una Comisión –cupola– ocupada por jefes poco legendarios de los mandamentos de Porta Nuova, Pagliarelli y Villabate que tendrían algo en común: ser todos ancianos y haber participado, sobreviviendo, en las masacres de las guerras corleonesas.

¿Ha quedado descabezada la jefatura ejecutiva de la Mafia, suponiendo que aún exista una con capacidad cohesionadora? Probablemente no, y para ello habrá que esperar a que se resuelvan los increíbles 25 años de clandestinidad de Matteo Messina Denaro, alias ‘Diabolik’, el último padrino, quien se fugó con su padre y, cuando éste falleció, lo depositó en una plaza de Trapani trajeado y adecentado ya para el entierro. Pero este afán de restaurar la Comisión por parte de unos ancianos jefes de Palermo, y con ello de recuperar liturgias y protocolos como los ósculos y los ceremoniales de las reuniones, revela que la decadente Mafia actual se está buscando a sí misma en la nostalgia de sus años dorados. Por lo que ha llegado a convertirse en su propio parque temático, en su cliché.

La Comisión, donde las familias palermitanas eran hegemónicas, fue creada por sugerencia de Charles ‘Lucky’ Luciano y Joe Bonanno durante las célebres reuniones entre jefes de ambos lados del Atlántico en el Grand Hotel Et Des Palmes (actualmente, Delle Palme) en 1957. Unas reuniones concebidas para organizar el inmenso tráfico de heroína que luego depararía la Pizza Connectionde Gaetano Badalamenti y en la que se despacharon otros asuntos menores, como el acuerdo para el asesinato de Albert Anastasia en la barbería del Sheraton Park Central. Luciano aconsejó a los sicilianos que se organizaran imitando a las Cinco Familias de Nueva York para evitar malentendidos y fricciones y para tomar las decisiones colegiándolas.

Según se desprende de sus conversaciones con el juez FalconeTommaso Buscettarelacionaba los tiempos de la Comisión con la Mafia idealizada que él dio por perdida por culpa de los corleoneses. Personajes como los Inzerillo, Michele Grecoo como Stefano Bontate, ‘el príncipe de Villagrazia’, evocaban en la añoranza de Buscetta la elegancia de la Mafia urbanita de Palermo, su integración social, sus fiestas en el hotel Villa Igieia, su -falaz, cínica- vocación auxiliadora y de Estado allí donde no llegaba el Estado. Buscetta, por supuesto, se negaba a ver la capacidad extractiva de un gigantesco parásito que mantenía cautiva a una sociedad amedrentada y que llegó a derribar casi todos los palacetes de Palermo, despojando a la ciudad de su belleza, durante el festín especulativo del sacco de Ciancimino. En cualquier caso, todo aquello fue arrasado por la espantosa violencia de los mafiosos rurales de Corleone durante su asalto del poder y su declaración de guerra terrorista al Estado. La Mafia perdió sus coartadas elegantes, los jefes urbanos fueron asesinados uno detrás de otro y sus descendientes enviados al exilio, y la Comisión fue convertida en un mero apéndice decorativo del despotismo de ‘Tottò’ Riina, exactamente como ocurrió con el Senado de Roma cuando lo profanaron dictadores como Sila Julio César.

Liberados del poder corleonés, los viejos capos de Palermo tratan en vano de recuperar cuanto fueron,pero son viejos, melancólicos, y no aguantan ya una redada. El poder está en Calabria.

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