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El Real Madrid de las mil caras conquista Roma y pasa a octavos de final como primero

Lucas Vázquez celebra el gol con Luka Modric y Gareth Bale (izda). TIZIANA FABIAFP-PHOTO

ORFEO SUÁREZ

Esta vida del Madrid es como un baile de máscaras, en el que no hay seguridad de lo que uno se va a encontrar. La impresión es que eso no sucede únicamente entre los aficionados u observadores, sino entre los propios protagonistas. De ahí que la inseguridad y la seguridad se crucen y se miren. Aparecen y desaparecen, como las máscaras. Depende del momento, de la zona del campo. Eso apunta a un problema de confianza mucho más que a uno de juego o de actitud. Después de un primer tiempo en el Olímpico que fue como el tercer tiempo de Eibar, pero sin goles, Bale recogió una máscara perdida y sonrió con ironía a la realidad para cambiar el paso al partido y el pulso al corazón de los suyos. Con goles, late mejor. [Narración y estadísticas]

El mejor diagnóstico del Madrid lo había hecho el entrenador de la Roma. Al referirse al duelo que les enfrentaba, Di Francesco habló de dos equipos enfermos. Uno llegaba de perder en Eibar; otro, en Udine. A un enfermo se le trata, y eso es lo que intentó Solari con un margen relativo, porque parece que ciertos futbolistas no se tocan. Con Lucas Vázquez quiso el argentino inyectar vitalidad, mientras que con Marcos Llorente pretendía reponer a un mediocentro defensivo como Casemiro con uno de su especie, dado que la experiencia con Ceballos fue un cara o cruz. Cara en Vigo, cruz en Eibar. En una reaparición que parecía un debut, por el largo tiempo sin minutos, Marcos Llorente estuvo solvente y más regular en su posición que su propio equipo. Nunca es tarde. Lo demás es lo que hay, de nuevo en su sitio Carvajal. Uno de los jugadores a los que más ha echado de menos el Madrid estuvo a punto de levantar el tapón de la bañera antes de tiempo, pero Ünder falló lo que es imposible fallar. En el fútbol, sucede. Es como la ciencia ficción.

La actitud fue la señalada, incluso por los propios jugadores, para explicar la hecatombe en Eibar. Semejantes despropósitos no obedecen nunca a una sola causa, pero cuando el análisis no alcanza a más, siempre se culpa a la baja forma física o a la falta de entrega. Es lo fácil. Si se tratara sólo de lo que dijeron los protagonistas, tendría fácil solución. Bastaría con mejorar la actitud. Pero no es únicamente eso. En el Olímpico, el Madrid empezó con la voluntad íntegra y la tranquilidad que le otorgaba la clasificación matemática para octavos de la Champions, después de la victoria del Viktoria Plzen, en Moscú. Sin embargo, la dificultad para sostener el control del partido minó su confianza y le llevó a padecer lo indecible frente a una Roma joven pero animosa hasta que Olsen Fazio se equivocaron. El portero y el central, casi nada. Estar lejos de la acción, esta vez, le sirvió a Bale para beneficiarse. En un partido sin acierto, decidió el error.

Antes que actitud, el Madrid, pues, debe recuperar la confianza para enfrentarse a las situaciones adversas, porque de haber encajado primero, nadie puede decir que no hubiera entrado en el bucle de Eibar, donde Solari se encontró por primera vez por debajo en el marcador. Una vez en ventaja, en cambio, recuperó al autoridad, se desató en los espacios y traspasó el desánimo a la Roma, que había llegado mucho y bien, salvo por la definición, calamitosa, y la mala vista del árbitro, al no apreciar una mano de Lucas Vázquez sobre la línea del área. La bisoñez de sus delanteros, lesionado Dzeko antes del duelo y El Shaarawy durante el partido, no era ajena a la situación. Justin Kluivert lanzó altísimo y Ünder todavía no se explica cómo fue incapaz de embocar, solo ante la red, sin oposición. Fue como Cardeñosa, en aquella imagen del malditismo español. Eran otros tiempos.

Durante todo ese primer periodo, el Madrid no había dado réplica ofensiva, con falta de decisión para finalizar las jugadas, algo que también apunta a la confianza como elemento crucial. El tanto de Bale, en el arranque del segundo tiempo, cambió el acto. Lucas Vázquez, sin marca, se benefició en el área del sutil toque de Benzema, bien aun sin gol. Clasificado y como primero de grupo, Solari dio entonces minutos a Mariano, Valverde y Asensio, señalado con la suplencia, pero no a Isco. El malagueño ni se vistió. Hay caso, hay baile y hay Champions.

 

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