Opinión

A Gustavo Antonio Brisso, in memoriam

Por: Rafael A. Escotto

Cuando me enteré de la muerte de Gustavo Antonio Brisso Ramirez, el amigo apreciado, solo atiné en mi angustia a las palabras de aquel escritor español, tribuno del pueblo, don Emilio Castelar, cuando expresó aquella frase sagrada: ¡Terrible es la muerte!, pero ¡Cuan apetecible es también la vida  del otro mundo, a la que Dios nos llama!

Después de una noche entre la literatura y el arte, el hombre pasa de la simplicidad a la oscuridad. Cada escritor tiene su forma de expresar el dolor personal de representar la actitud ante la muerte. Es un asunto cultural.

Esta muerte de Gustavo, tan inesperada y tan desgarradora a la vez, corre pareja como cuando los poetas árabes deploraron la muerte del poeta mártir y dramaturgo español Federico García Lorca aquella madrugada presagiosa del 18 de agosto de 1936 debajo de aquel olivo, uno de los arboles más maravillosos desde el inicio de la creación hasta nuestros días.

Desde lo más profundo de esta sociedad apenada hoy, Gustavo Antonio Brisso Ramírez teje una vela para todos los dominicanos.

Ante esta despedida tan desoladora para sus amigos, para sus familiares y para los artistas y escritores de Casa de Arte, me atrevería a recrear en este momento tan incomprensivo y al mismo tiempo tan desértico  aquella famosa oración de Marco Antonio ante el cadáver de su amigo Julio Cesar después de haber llevado a cabo el complot en que murió el gran guerrero romano, escrita por Shakespeare.

«!Vengo a inhumar a Cesar, no a ensalzarle! Frecuentemente, el bien que hacen los hombres queda sepultado con sus huesos. Sea así con César! vengo a hablar en el funeral de César. Era mi amigo, para mí leal y sincero; pero Bruto dice que era  ambicioso. Y Bruto es un hombre honrado. Infinitos cautivos trajo a Roma, cuyos rescates llenaron el tesoro público. ¿Parecía eso ambición en César? ¡Perdonadme un momento! Mi corazón está ahí, en ese féretro, con César, y he de detenerme hasta que torne a mí. En su ataúd mi corazón se halla, y hablar no puedo de Cesar la palabra contrarrestar el mudo. Muerto ahí yace.

De él un cabello reclamaréis como eternal memoria; Y al morir y al testar, a vuestros hijos los legaréis cual valiosa herencia. Si acaso tenéis lagrimas, ahora preparados estad para verterlas«

Así habló Marco Antonio ante el cadáver de Julio Cesar y nosotros diríamos ante el cadáver de nuestro amigo Gustavo Antonio Brisso, como diría el poeta:

Sembraste las semillas recogidas,
de una infancia tatuada con verdad,
nacieron al calor de tu bondad,
cual rosas, sin espinas florecidas.

Fuiste luz transparente en nuestras vidas,
como estrella en inmensa oscuridad,
que brilló dando luz a la amistad,
anidada en las almas aún dormidas.

Noble amigo, que corta fue tu estancia;
una tarde los pardos nubarrones,
arrastrados por aire polvoriento,

Arrancan a la tierra su fragancia,
y se extingue tu vida entre terrones,
la tierra se llevó, tu último aliento.

La Cuba a la que Gustavo tanto quiso, sobretodo, Santiago de Cuba,  en cuyas calles adoquinadas aparecen sus apasionadas huellas, signo inmortal de grandes aventuras en festivales preciosos de folclor y de cultura.

Allí, tus amigos, el poeta Luis José Rodríguez y el folclorista Almanzar, de Casa de Arte, en un ir y venir a aquel país antillano, similar al ir y venir del antiguo aedo Homero, sobre las losas milenarias de la antigua Grecia, evocaran tu nombre en señal de imperecedera amistad.

Nos encontramos aquí en este camposanto tus amigos, intelectuales y poetas, en señal de despedida de tus restos mortales. Esta procesión de amigos que te acompaña me recuerda,  a los amigos que acompañaron el Ferreto de don Emilio Castelar, a quien Azorín le dio en llamar uno de los trabajadores intelectuales del siglo XIX y a quien llego a comparar con Gustavo Flaubert, uno de los mejores novelistas de occidente, al escritor y dramaturgo español Benito Pérez Galdós y a honore de Balzac

Descanse en santa paz tu alma noble, porque, como expresara el poeta Mario Benedetti, el más uruguayo de todos los escritores uruguayos,  «Después de todo la muerte es solo un síntoma de que hubo vida«

En esta despedida temporal tenemos que recurrir a una frase de Ernest Hemingway: «Lo único que nos separa de la muerte es el tiempo«.

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