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Una Iglesia Católica, apostólica y Romana

Segunda Parte de IV

Rey Díaz, BA, MD and D. Min,

Nadaorg.22@outlook.com

Desde su origen los cristianos creyeron y así mismo enseñaron que al compartir la fe con otros, si esa otra persona aceptaba el evangelio de Jesucristo, entonces esa decisión convertía a esa otra persona en hijo, o hija espiritual, de quien compartía su fe. En todo caso el nuevo creyente debía renunciar a cualquier otra forma de creencia que comprometiera su fidelidad en contra de Cristo.

Los escritos de los apóstoles así lo muestran. Pablo le escribe a Timoteo, su hijo en la fe, pero no era su padre biológico, sino espiritual. También Juan y Pedro escribieron de una relación de Padre a hijos entre los miembros de esas primeras comunidades de fe, en la cual ellos instruyeron a los fieles, dándole formación como discípulos de Cristo.

Por lo demás, el Nuevo Testamento atestigua que desde un principio no existió un consenso religioso, ni en la práctica ni en la teología de la iglesia cristiana. Las pugnas teológicas entre los judaizantes, miembros del grupo de Jerusalén que proponían un sincretismo religioso entre la fe judía y la cristiana en contra de quienes abogaban por la justificación por la fe, en vez de la justificación por cumplir las obras de la ley mosaica.

Es un axioma bíblico irrefutable, que el evangelio además no surgió de Roma, sino de Jerusalén, en todo caso de galilea, pero nunca podemos alegar que de Roma. Es más Roma para los primeros cristianos fue símbolo de maldad, representaba la antigua Babilonia, la madre de la fornicación, cuya perversión había llegado a todos los rincones de la tierra. (Léase el libro de Apocalipsis).

Los efectos depredadores de opresión, muerte y corrupción de Babilonia contra el pueblo judío durante la primera deportación en el año 586 hasta 537 a.C., y luego la destrucción del segundo templo por el imperio romano (65-70 d.C.), significaron para los cristianos los símbolos de muerte y opresión, muy bien definidos entre los cristianos del primer siglo; quienes identificaron esos símbolos como representativos de la maldad, y la corrupción que Roma representaba y que hacia recordar a ellos la antigua babilonia, cosa que combatieron en sus predicas y escritos sagrados como lo es el último libro de la Biblia, el apocalipsis. Esta narrativa apocalíptica se oponía abiertamente a los símbolos de muerte que Roma representaba para los cristianos del I, II, y III siglo.

Hoy día, muchos cristianos han abandonado su rol profético, de denunciar la corrupción y la maldad, pues son incapaces de reconocer los símbolos de muerte, y corrupción en cualquier sociedad donde vivan. Los cristianos del primer siglo prefirieron la muerte, las persecuciones, las torturas antes que renunciar a su fe. Eso sí, denunciaron los poderes del mal representados en la Roma imperial, rechazando la falsa religión que prometía seguridad a través de un Estado corrupto, prometiendo seguridad aquí y ahora, a los que se plegaban a sus iniquidades y se gozaban con la sangre de los mártires. Pero los cristianos no claudicaron ante las torturas romanas, ni mucho menos se sometieron a la idolatría del paganismo, al contrario, su mirada estaba puesta en un reino inconmovible, eterno, no de este mundo.

En el libro de Apocalipsis, el Señor Jesucristo exhorta a los cristianos a ser fieles hasta el fin, los reinos de este mundo pertenecen a Jesús, y al final de las pruebas, el reivindicara a los fieles que no cambien su fe por los placeres y objetos de este mundo.  El ejemplo a emular es claro, Jesús murió crucificado, Esteban murió apedreado por una turba, Pablo fue degollado por su fe, Pedro fue crucificado y pidió no morir como el Señor, pidiendo a sus verdugos crucificarlo con la cabeza hacia abajo.

Todos estos murieron, confiando en todas las promesas de Jesús, de una justicia divina que no tardará, y una vida eterna más preciosa que el mismo oro, la fama o los placeres que los reinos de este mundo puedan ofrecer. Miles y miles de otros cristianos murieron en Roma por su fe firme en el Señor Jesucristo. Y a pesar de la apostasía dentro del seno de la iglesia extendida por XXI siglos, siempre ha quedado un remanente fiel que no dobla sus rodillas ante la idolatría y la maldad que los poderes mundanos ofrecen como sustituto de la fe autentica en Cristo.

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