Si Claudio Pacheco hubiese nacido en el reino de Castilla o León

Por: Rafael A. Escotto
El arte nos provoca y la muerte de un artista o de un ser humano siempre ha sido el centro de la angustia del hombre. Me imaginé el panegírico de Pacheco en las manos provocadoras de Truman Capote o de Ernest Hemingway. Me imaginé al ministro de Cultura dándole el pésame a la viuda de Pacheco. Me imaginé a unos pastores sin máscaras de tal abadía con botellas de Champagne en las manos.
Un cielo de nubes borrascosas amenazaba lluvias aquel día 5 de septiembre. Me paré en el balcón de mi apartamento y con mi vista fija hacia el firmamento observé un color gris. No me sentí ni triste ni feliz. Aunque el color gris se asocia con los malos augurios. Era un color aquel de aislamiento y de soledad. A pesar de este estado de escalofrió una especie de calma extraña inmovilizó mi organismo.
De pronto, un estremecimiento turbó mi mente. Imaginé una figura humana envuelta en una espesa niebla; aparecía aquella silueta ante mi vista suspendida en el aire y, además, apenas me permitía ver su rostro. Ante lo asombroso de esta aparición me alejé de la ventana y me senté por un instante en un diván. Permanecí abstraído de aquella visión.
Vuelvo al balcón y esta vez ya la figura de aquella excepcional ilusión había desaparecido. En cambio, alcanzo a ver un ave hermosa de vistoso plumaje en vuelo primoroso frente a la ventana y luego se aleja. Para los celtas algunas aves representaban la reencarnación de seres que regresaban al mundo de los muertos. Yo estaba impresionado del canto de estas aves, de su vuelo libre, sin sujeciones a la Tierra.
Lo extraño de esta misteriosa visión es que las aves tenían plumaje color negro, distinta al gorrión. Para algunas sociedades, el negro es el color de la muerte, de luto. Abro mi computadora y lo primero que leo es la infausta noticia de la muerte del pintor santiagués Claudio Pacheco. Fue tan impactante y triste la novedad que permanecí prácticamente inmóvil por un momento frente al aparato.
Entonces asocié aquella aparición de aves con plumaje color negro volando frente al balcón de mi apartamento y también la visión de aquella figura humana flotando envuelta en una espesa niebla con algún presagio luctuoso. Es posible que en el momento que Pacheco estaba en “agonía activa” quiso despedirse de sus amigos.
Casi siempre la muerte está rodeada de enigmas, de perplejidades y de silencio. Creo que para los artistas de la plástica o para un escritor o poeta la muerte de un pintor produce que sean pintadas las huellas de vida dejadas por el artista fenecido que se hicieron evidentes y quedaron dibujadas en nuestras memorias.
Claudio Pacheco, como artista de la pintura y la imaginación dejó una impronta fascinante en la República Dominicana. Inició su obra pictórica con los paraguas. En ningún momento de esta hermosa etapa el artista santiagués trató de imitar los famosos paraguas del pintor francés Pierret-Auguste Renoir. No obstante, pienso que Pacheco pudo intentar reeditar impregnándole su propio estilo caribeño, con sus coloridos festivos, los paraguas del también artista de la plástica francés, Paul Cézanne.
Posteriormente, vino una fase específica en que Pacheco penetró genialmente en nuestras costumbres y aparecieron en su universo creativo o criollismo luminoso Las Marchantas dándole un giro a la tonalidad y un realismo impresionante, más alegre a su pintura, un tanto diferente a la pintura académica tradicionalista de Yorgi Morel.
Aquí Claudio Pacheco parece que trató de entender el costumbrismo Andaluz como género literario, poniendo de manifiesto nuevas formas de asumir el tradicional concepto de la limitación, al decir del escritor Joaquín Álvarez Barrientos, en su magnífico libro Costumbrismo Andaluz
Hubo una tercera etapa donde sus dibujos y pinturas evolucionaron y se colocó a favor de la creatividad dándole a sus frescos una cosmovisión interpretativa de la historia de la literatura española mostrándonos la llegada de un mesías o héroe simbolizado por un Quijote insular. Esta obra de Pacheco crea un don Quijote caribeño e ingenioso desencajado de aquel personaje épico de la novela de Miguel de Cervantes Saavedra.
Finalmente, vino la etapa mesiánica de Claudio Pacheco. Tal vez la más importante de toda su producción artística. El público juzgará, quiero decir, el tiempo más que los críticos interesados o más que aquellos que no se dan cuenta todavía de la cruda realidad de un pintor que chocó varias veces con molinos de viento y su propia obra, ya fuere por premura, por negocios bajo tragos, por compromisos y olvidos o por la incertidumbre del ser, como diría el maestro Víctor Chevalier, el alumno más avanzado de Yorgi Morel.
Si Claudio Pacheco hubiera nacido en el reino de Castilla o León, otra fuera la historia.
Paz a su alma.




