Opinión

Pita Amor: de oruga a mariposa

Por: Rafael A. Escotto

 

 

 

¿Por qué me desprendí de la corriente misteriosa y eterna en la que estaba fundida, para ser siempre la esclava de este cuerpo tenaz e independiente? Guadalupe Pita Amor

 

¿Vivió oculta debajo de su propia piel de oruga o en la claridad de su presencia? Pita Amor vino al mundo en una figura de larva al vuelo de mariposa libre. Pita vivió, sintió el mundo vibrar debajo de su belleza y de su lirismo.

 

 

 

Pita Amor se transmutó en una criatura asombrosamente primorosa, con unos ojos de Luna llena, haciendo que sus coloridos matices llenaran de aliento la naturaleza humana. Igual que un ave al nacer, sin malicia  ni picardía, reaccionó a su impulso y en el momento preciso agitó sus  alas para intentar su primer vuelo y escribió su primer verso sobre la escarcha helada del rocío:

 

 

 

«Adentro de la piel que me protege/y de la carne a la que estoy nutriendo/hay una voz interna que me nombra/Polvo tenso/Sé bien que no he escogido la materia/de este cuerpo tenaz, pero indefenso/arrastro una cadena de cenizas: polvo eterno/Tal como yo han pasado las edades/soportando la lucha de lo interno/el polvo va tomando sus entrañas de alimento/Humanidad, del polvo experimento/«.

 

 

 

El espíritu, herencia divina del ser y  donde mora la fe de la poeta transformada en hermosa mariposa se dirige al alma que quedó implícita en su personalidad donde reside la imaginación, los sentimientos, la razón y el mundo espiritual y luego escribe sobre el pétalo de una flor de Loto:

 

 

 

« ¿Por qué me desprendí de la corriente/misteriosas y eterna en la que estaba/fundida, para ser siempre la esclava/de este cuerpo tenaz e independiente. ¿Por qué me convertí en un ser viviente/que soporta una sangre que es de lava/y la angustiosa oscuridad excava/ Cuantas veces pensando en mi materia/considérame absurda y sin sentido/farsa de soledad y de miseria/ridícula criatura del olvido/máscara sin valor de inútil feria/y eco que no proviene de sonido!«

 

 

 

Pita Amor, en medio de una indecisión de engendramiento un tanto remiso, pierde trágicamente a su hijo, hecho que marcó su vida. La undécima musa, en un círculo de angustia, sin menuda resignación

escribe:

 

 

 

«Noche sin despertar en que me hundiera/un tenebroso sueño que, obstinado/a mi triste dormir ha sentenciado/humeante gris que terminar espera/Sin calor ni maíz, mi pobre esfera/a la esfera del mundo ha contemplado/su eterna pequeñez ha equilibrado al presentir la inmensidad de afueras/Padece mi alma en redondez terrible/tiene lo suyo y además, lo adverso. Lo mínimo a la grande hace accesible/En resignada claridad inmerso/mi espíritu reunió lo incompatible/Mi nada…y el total del universo/.

 

 

 

El cuerpo hermoso de Pita Amor no le tuvo miedo al frígido viento de Invierno ni a los aullidos de los perros de la prensa a los que ella golpeaba con su bastón y que al delatar la figura fascinante de aquella mujer escondida debajo de su pollera quedaban inmovilizados ante su gloria elegiaca, dejándoles a Diego Rivera y a Pablo Picasso aquella escultura femenina desnuda, en cuerpo y alma, que rivalizaba, sin proponérselo, con aquel famoso retrato de Velázquez de la Venus de los espejos en una pose erótica.

 

 

 

Así de audaz era Pita Amor. Su elegancia no radicaba tan solo en sus ojos grandes como en fase de plenilunio. Su belleza era tal que la hacía sentir dueña del universo y lo fue verdaderamente. En uno de esos instantes de arrebato y de grandeza literaria se le vio ascender con sus pestañas claras por una enhiesta serranía dispuesta a una conversación con las estrellas. Vemos:

 

 

 

«Soy dueña de las montañas/de los astros, y los soles/de mapas y mirasoles/dueña soy de mis pestañas/de mis lucidas hazañas/del fuego de mil crisoles/de ruedos con todos y oles/Y del viento de las canas, soy dueña del firmamento/porque lo miro en aumento/soy dueña de los espejos/porque plasmo sus reflejos/soy dueña del universo/«.

 

 

 

En una feliz ocasión el poeta y dramaturgo mexicano, Salvador Novo, en sus  famosos «Diálogos neoplatónicos« entre Sor Juana y Pita, publicados en la Revista de la Universidad de México (1955), a este se le ocurre llamar a Pita «la undécima musa«. A principio del interesante diálogo, Sor Juana trata de caricaturizar el seudónimo de Pita y lo asocia, a manera de escarnio, con el imperativo del verbo pitar.

 

 

 

Casi en el epilogo del Diálogo, Sor Juana pretende comparar a Pita con la decima musa que resulta ser la propia Sor Juana. Pita responde: «Yo soy más mística que la religiosa, ésta era más mundana en sus poemas«.

Así era Guadalupe Pita Amor, una poetisa que escribía sin ambigüedades, sin ocultar sus impulsos poéticos y su misticismo detrás de templos de teatros para religiosos.

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