Opinión

Lucerito y las zapatillas encantadas de ballet (cuento)

Por: Rafael A. Escotto

Como cada tarde de verano la gente acudía al Central Park de Nueva York a distraerse y en busca de esparcimiento espiritual. El parque lucia un hermoso verdor perseverante. A todo lo largo y ancho de sus pavimentadas calles interiores hay árboles de copioso follaje; bellas y perfumadas flores inundaban el ambiente; en el centro del bosque había pequeños lagos hecho por el hombre donde aves de todas clases y colores bajan a beber de sus aguas y a mojar su colorido plumaje en los manantiales.

El publico acudía a todas horas a recrearse, a pie o  montada en bicicleta a aquel hermoso parque de verdes y apetecible frondosidad. Los niños jugueteaban libres y alegres en el prado verdemar. Es natural que los fines de semana durante la temporada de estío se pueda observar un cuartero tocando música de jazz en algunas de sus redondeadas glorietas situadas en medio de grandes y florecientes matorrales, que se asemejan a un paraíso rodeado de grandes edificaciones emblemáticas.

Aquella tarde el cielo sobre el Central Park lucía coloraciones y formas que no pueden imitarse por los medios humanos pues son obras de un maestro que dispone de medios verdaderamente celestiales. Su pincel es la luz solar y su lienzo es el voluble éter con sus nubes y el finísimo tejido del velo del polvo atmosférico: ningún artista dispone de ellos.

Aquella tarde refulgente la belleza del cielo coqueteaba con la luz del Sol, una niña de luminosa hermosura cuya figura aparentaba la de una belleza mitológica, paseabas por los verdes pastizales del parque central donde se dan condiciones atmosféricas especiales y aparecen fenómenos cromáticos como son el arco Iris, los falsos soles, el rayo verde, los espejismos, y el color del cielo, en sus variadas manifestaciones.

Todo aquel que observaba aquella hermosa niña sentada a orillas del lago, como si se tratara de la diosa de las fuentes de las aguas, quedaba dulcemente abstraído por su figura de hada. La gente se presentaba todas las tardes al parque a la misma hora con la esperanza de volver a ver aquella criatura angelical. Y, como era de esperarse, allí estaba sentaba con una flor en su mano, como de terciopelo, secreteándole a las aguas que iban y venían acariciando con timidez los pies descalzos de aquella ninfa.

Los guardas parque se habían impuesto la misión de resguardar aquella figurilla inmaculada que aparecía todas las tardes recorriendo el parque y luego se sentaba a orillas del lago. Parecía como si los guardas parque fueran los ángeles del Señor que vigilaban a esta niña en caso de una emergencia.

Otra tarde esplendorosa una viejecita se le acerca a la niña y le pregunta con la voz frágil que dan los años:

« ¿Quién eres y de dónde vienes hermosa niña?«

Y la niña le responde con voz de hada: «No soy de este mundo. Vengo de cosmos lejanos a observar las aves y a sentarme a orillas de este lago tan astral y tan fascinante«.

–«¿Cómo te llamas, niña preciosa?, pregunta nuevamente la viejecita.

–«¿Del lugar de dónde vengo me llaman Lucerito«, contesta.

Y la misteriosa niña le pregunta a la jovial viejecita: «Y usted viejecita  ¿Cómo se llamas?«

–«Me llaman Fertilidad y vivo en este hermoso parque desde hace muchos…muchos años«, contesta risueña.

El tiempo pasa y una mañana cuando el rocío salpica las rosas y los claveles y moja la cubierta vegetal del suelo, la niña con aspecto de ninfa aparece esta vez en el parque central con otro niño  que lleva en su mano izquierda un violín que toca músicas primorosas. Después de recorrer ambos aquella maravillosa arboleda, se sientan a la la orillas a mirar fascinados las transparentes aguas del hermoso lago de sus sueños.

De pronto el niño comienza a tocar el violín en medio de aquel parque y recorre sus cuerdas con el mágico arco y su mano moviéndose milagrosamente sobre el instrumento. Aquella melodía, como de magia, y aquel aparato parecía que era Dionisio el dios de la música que lo tocaba.

Lejos del lago, en otro lugar del grandioso parque, se oía la sinfónica de Nueva York tocando el Lago de los cisnes de Tchaikovski. El niño del violín mágico deja de tocar ante la belleza melódica de esta pieza musical y observa a la niña colocarse sus zapatillas de ballet y se pone a bailar sobre el césped con su traje blanco ante la mirada de los cisnes asentados sobre las dulces y encantadas aguas del lago.

Mientras Lucerito bailaba se le acerca a ambos niños Fertilidad, la viejecita con quien conversó Lucerito aquella tarde y quien vive eternamente en el Parque Central.

–«¡Hola niños!«, saluda la viejecita con singular afabilidad.

Y le pregunt a Lucerito: « ¿Quién es el niño que toca tan hermoso el violín?«

–«Se llama Beethoven«, contesta la niña con un dejo de orgullo y rostro alegre.

-«Bienvenido niño Beethoven a este hermoso parque«, responde la viejecita.

¡Imaginé que algo hermoso pasaba!, y seguidamente agrega: «Vi las aves del parque volar hacia el lago entonando cantos de alegría al sonido de unas notas llenas de magia salidas de un violín… apresuré mis pasos y aquí estoy en medio de este bosque reverdecido en presencia de un niño prodigio llamado Beethoven«.

Los guardas parque también se presentaron al lugar vestido con sus uniformes verde olivo. Aquel lago hacía tiempo que se había convertido en el lugar preferido de la gente, quienes cada tarde esperaban ansiosos ver la niña con figura de hada sentada a orillas del lago.

Pasan los días, las mañanas y las noches y la niña del lago no vuelve a aparecer en el Parque Central. Su ausencia había entristecido amargamente a las aves del bosque, las flores habían perdido sus hermosos colores, las ardillas lucían entristecidas. Aquella desaparición se tornó en nostalgia en todo el bosque.

Hasta que una tarde, ante una multitud con lágrimas en los ojos parados frente al lago maravilloso donde la niña solía sentarse a hablarle a las aves y donde las aguas iban y venían a besar sus bellos pies de duende, se vio bajar desde aquel cielo azul una nave con vistosas luces amarillas, rojas, azules y verdes circulando alrededor de la astronave.

La multitud congregada en el parque dirige su mirada hacia el cielo y observa asombrada una nave gigantesca color grisáceo que desciende lentamente con sus luces centelleantes sobre el verde césped del Parque Central. Finalmente, se posa sobre el suelo y una compuerta se abre y desde su interior se vieron salir una niña hermosamente vestida con su traje espacial y un niño con un violín en su mano. Desde aquella multitud se oyó la voz de una ancianita que exclama:

«¡Es el niño Beethoven y Lucerito, la niña del lago que ha regresado!«

Junto a Lucerito y a Beethoven también descienden de la nave una dama y un caballero vestido de hermosa gala. Lucerito, siempre con su rostro sonriente, llama a la vejecita Fertilidad e inmediatamente le dices:

«Señora Fertilidad, le presento a mis padres quienes han querido venir al Central Park a conocer a mis amigos y a ver y disfrutar de la belleza del lago de mis sueños.

Mientras la orquesta sinfónica de Nueva York prepara sus instrumentos, Lucerito, gozosa, se coloca sus zapatitos blancos de ballet en sus pies. Esta vez Beethoven, el niño prodigio, se une a la sinfónica con su mágico violín y a ritmo del Lago de los cisnes nuevamente Lucerito baila a lo Alicia Alonso y sus zapatillas y sus lindos pies vuelan de alegría por los aires del emblemático Parque Central, símbolo y representación de la naturaleza primorosa de Nueva York.

Los padres de Lucerito se acercaron risueños a la gente que acudió al parque a darle la bienvenida. Algunos curiosos se acercaron a la nave espacial despaciosamente pero sin mostrar ningún temor. El niño Beethoven se paseaba de un lado a otro tocando su violín con cuerda de oro; Subió a una piedra que se encuentra en aquel lugar y desde allí sorprendió a los presentes entonando un preludio de la sonata no.9 para violín y piano.

La viejita Fertilidad acostumbrada desde muy jovencita a disfrutar de las grandes orquestas que con frecuencia visitan el parque, al escuchar aquella extraordinaria sonata extrajo de su bolso plateado de flores preciosas, unas zapatillas de ballet y como si hubiera vuelto de nuevo a su niñez comenzó a bailar al estilo de Julie Kent, bailando Giselle en las fiestas de la vendimia.

Lucerito, llena de alegría y sin temor frente a sus padres, también baila a la Suzanne Farell junto a Fertilidad, uno de los varios ballets de Don Quijote y música de  Ludwig Minsku, en el centro del hermoso parque central que lucía esta vez todo su esplendor.

Este viaje de los niños Lucerito y Beethoven pasará a ser un acontecimiento inolvidable para los neoyorquinos, pues dos universos que se creían lejanos y extraños pudieron unirse alrededor de un lago primoroso, un bosque encantado en medio de la nada, una viejecita encantadora y unos niños extraterrestres glamorosos que hechizaron con su belleza y con su embrujo el vergel y la ciudad.

La nave alienígena partió a otros mundos lejanos en medio de calurosos aplausos y ojos llorosos de la gente que despedía con sus brazos levantados hacia un azuloso cielo; similar al hermoso firmamento pintado por Van Gogh sobre la Casa amarilla. Después de este cuento, todos los niños fueron al televisor a darle el último adiós al astro físico inglés, Stephen Hawcking.

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