Coronavirus y crimen organizado: cómo se adaptan los carteles, las maras y las pandillas a la pandemia

En la tarde del 7 de abril, cuando Colombia ajustaba su décimo cuarto día consecutivo de cuarentena nacional, un concurrido cortejo fúnebre avanzaba por las calles de Bello, un sector de clase trabajadora al norte de la segunda ciudad del país, Medellín.
La procesión fúnebre, llevada a cabo en abierta violación de las reglas de aislamiento social, acompañaba al cuerpo de Edgar Pérez Hernández, alias «El Oso», el supuesto jefe de la poderosa banda criminal Niquia-Camacol, quien había fallecido el día anterior de un infarto mientras estaba en la cárcel.
«Además de que se hacían disparos, también se aplaudía», reportó el diario local El Colombiano el 7 de abril.
Las estructuras del crimen organizado en América Latina, desde las bandas criminales colombianas a las «milicias» urbanas brasileñas y los carteles mexicanos, han seguido demostrando su poder en medio de la pandemia.
Y si bien algunos analistas señalan que, como cualquier otra empresa en esta crisis global sin precedentes, los grupos criminales latinoamericanos enfrentan una crisis existencial por cuenta de la severa interrupción de sus cadenas internacionales de suministros, otros observadores subrayan la resiliencia y continua influencia de estas organizaciones a lo largo de la región.












