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Sudán del Sur: un país arruinado sobre un océano de oro negro

A pesar de contar con grandes reservas de petróleo tiene que exportar gasolina a precio de oro porque le sale más caro extraer el crudo que comprarlo

Todos los grandes proyectos han quedado a medias por la caída en picado de su divisa, la libra sursudanesa

Era el turno del presidente. Cuando subió al atril del parlamento, no llegó a decir ni buenos días. Se apagó la luz, el aire acondicionado y el sistema de sonido. La gasolina del generador se agotó. Esperaron unos minutos en el hemiciclo, a la espera de que llenaran el depósito para continuar la sesión. No quedaba ni un galón.

Y así, las consecuencias de la guerra civil de Sudán del Sur alcanzaron, por primera vez, a los que la provocaron. Las colas para echar gasolina son kilométricas en la capital. Las restricciones afectan hasta al aeropuerto. Hace unas semanas, a las 5 de la tarde, cuando llegan los vuelos internacionales, la torre de control se quedó ciega. Los aviones comenzaron a llamar por radio para pedir permiso para aterrizar. Como respuesta, el silencio. Hasta seis aparatos comenzaron a dar vueltas sobre Juba a la espera de alguna señal. Cuando el combustible comenzaba a acabarse en los aparatos, el piloto de Ethiopian Airlines se hizo cargo de la situación e hizo de torre de control desde el aire ordenando aterrizajes.

La guerra no sólo se cobra vidas y destruye ciudades. La economía de Sudán del Sur, el país más joven del mundo, se ha hundido antes de despegar. De nada ha servido que el país chapotee sobre las terceras reservas de petróleo de toda África. Se enfrenta a tres grandes problemas: el primero, la bajada mundial de los precios del oro negro. El segundo, que la extracción se hace con medios tan primitivos que lo encarece hasta el punto de costar más caro sacarlo que dejarlo donde está. Y tercero: la corrupción. El presidente Salva Kiir tuvo que destituir al ministro de petróleo porque se lo estaba llevando crudo. Hoy es multimillonario. Además está el contrato con la República de Sudán, que debe llevar el petróleo hasta el mar por oleoducto que atraviesa su territorio y se cobra un buen bocado por ello.

Con la independencia en el verano de 2011, el dinero comenzó a fluir, la mayor parte procedente de EEUU, el mayor mecenas del país. Muchos ‘Niños perdidos’, una generación casi entera de menores que huyó de la guerra hacia Etiopía, y que estudió en las mejores universidades de EEUU y Canadá con becas de asociaciones católicas, regresaron a su país para reconstruirlo después de la guerra. A la gran mayoría los recibieron mal y los echaron peor. La diáspora no encontró un sólo espacio para desarrollar todo su potencial. “Nosotros nos quedamos a ganar la guerra mientras vosotros disfrutabais en el extranjero”, fue el argumento para no cederles ni un cargo de responsabilidad.

Hace cinco años, cuando el país aún no daba sus primeros pasos, un dólar se cambiaba por 3,5 libras sudanesas. Hoy, el precio oficial supera las 47, y es una cifra irreal porque en las calles, el mercado negro roza las 70. Es decir, que la economía está destruida. El país no produce nada y lo que produce, mangos de los árboles, no pueden llevarlos a las zonas con problemas de hambruna porque no hay camiones, ni gasolina ni carreteras asfaltadas.

En dos años, Juba se ha convertido en la capital más cara de África. No hay hotel que no pase de los 100 dólares por noche, aunque sea un agujero negro. Si quiere comerte un yogur, puedes encontrarlo por ocho euros. Los restaurantes están vacíos y los únicos que siguen teniendo clientes son los que aún reciben a los expatriados blancos, la mayoría trabajadores humanitarios, que pueden pagar 30 dólares por una hamburguesa y una cerveza fría.

Los grandes proyectos quedaron aparcados o a medio construir. La potabilizadora de aguas, por ejemplo, nunca llegó a funcionar. Cuando hubo que comprar los químicos para tratar el agua del Nilo, se acabaron los fondos. Ahora es un fósil junto al río.

Para ponerlos en marcha no hace falta más dinero, sino una paz creible. Si la guerra continúa, los donantes ya han advertido de que no volverán a poner un sólo dólar que pueda ir a comprar armas en vez de al desarrollo. Están cansados de la corrupción rampante que empobrece al país.

De momento, el gobierno de unidad que debe superar la guerra civil no arranca. Los rebeldes se deben integrar en el ejército nacional, pero ya no había dinero para pagar su soldada… ¿De donde van a sacar fondos para pagar además a los que lleguen de las milicias? Hay ciudades destruidas y saqueadas con tanta saña que pasarán muchos años hasta que puedan ser de nuevo lugares habitables, donde florezca la vida humana y no las manadas de ratas.

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