Educación

Periodismo y educación en la nueva era

Una de las principales transformaciones de los nuevos medios tiene que ver con el ámbito de las funciones periodísticas: éstas también sucumbieron ante la novedad, el brillo y lo excéntrico de la era interneteana. Sin embargo, y a pesar de ir a contra corriente de la opinión pública en los días más recientes, el periodismo de los nuevos medios debe de reestablecerse como lo que es, en sus funciones sociales, políticas y comerciales. Ni más, ni menos.

Y es que resulta apabullante la cantidad de opiniones vertidas sobre dos asuntos particulares, uno internacional y otro nacional, y el papel del periodismo en los nuevos medios: El lugar de los nuevos medios en el asunto de la configuración política del África musulmana y en el asunto del despido-recontratación de la periodista Carmen Aristegui. Darle un lugar central, casi detonador, definidor y controlador en ambos casos al ejercicio periodístico en los nuevos medios es pecar de inocencia o de perversión. Para resumir este punto: una declaración de Obama en contra de Mubarak sigue pesando mil veces más que la organización googleana de cientos de jóvenes intrépidos; las llamadas en lo oscurito entre Presidencia y Vargas siguen pesando mil veces más que twiteros neurotiquillos que no duermen a sus horas. Seamos realistas: a lo mejor vamos hacia allá, a lo mejor algún día pronto, pero aún no, aún no.

Por lo que viene a cuenta recordar una vez más, que las nobles, nobilísimas funciones tanto del periodismo como de la educación, y aquí se hermanan como pocas profesiones, tanto el periodista como el educador, se definen en cuanto a lo que dan a la sociedad para su propio desarrollo.

1) Recordemos que la vocación periodística, como la educadora, son cascarones que se rellenan con algo más; son profesiones huecas que encuentran peso, sustancia, en la disciplina o el conocimiento per se. Me explico: No se es buen periodista, o buen profesor, así a secas. Un buen matemático puede ser un buen maestro, un buen economista puede ser un buen periodista. Hay que ser bueno en algo más, para después cobijarse de tan pertinentes labores formativas de la sociedad. De otra manera, se vuelven deformativas (disculpa a los buenos periodistas que se lo creen, así, a secas). Utilizando el principio de autoridad, dos de los más grandes periodistas que hayan ejercido la profesión, declaran una y otra vez la teoría antes descrita, la de que no se es periodista sin apellido: Mark Twain (Las 3 erres) y Albert Camus (Crónicas Argelinas).

2) Recordemos que en este país, el nuestro, el de todos, los agentes de cambio de todo lo que anhelamos vienen de los sectores fundacionales de cualquier sociedad que se dice moderna. Dicho de otra manera: no sólo son los políticos los que le deben a la sociedad; son los empresarios y las instituciones religiosas. Es la academia, son los medios de comunicación, quienes no estamos a la altura de lo que necesita el país. Ambos, nuevamente hermanados, tenemos la obligación de entregar herramientas de análisis y entendimiento de la realidad. No lo estamos haciendo. Abrir un periódico, escuchar un emisión noticiosa confunde, nubla, la nota usualmente pertenece al mundo de la anécdota y de la inteligencia emocional más primitiva. ¿Formamos conciencias? Lejos, estamos muy lejos.

3) Recordemos que los periodistas y los educadores cometemos un error típico y cotidiano: creer que la vida es como en el salón de clases; creer que la vida es como en la nota o en la sala de redacción. La realidad se ajusta a la interpretación, y la obedece, a través de la seducción o a través de la fuerza, pero se le amolda a la palabra. Y no hay peor mundo que el forzado: cuando el periodista vitupera que la “opinión pública” está de su lado, cuando el profesor dice que Aristóteles está de su lado, como argumento y no como constatación, estamos perdidos. Todos. Sólo hay una cosa de peor gusto, que alguien con un micrófono en la mano diga que representa a la opinión pública: que los medios sean la nota informativa de los medios. Narciso se quedó imbécil.

4) Recordemos que la coyuntura es hermosa, gustosa, atractiva en términos, pero poco dada al entendimiento o a la explicación. Estar en lo urgente es olvidar que hay algo más importante que define, ubica, da dirección y sentido. El periodista y el educador se ocupan demasiado en el presente, en el examen, en el ejercicio nemotécnico que da una calificación, o lo que es en términos periodísticos, una opinión. El problema es que el café de la esquina está llena de opiniones: no es suficiente, de hecho, es muy poco.

5) Por último, cuando vamos a distintos ámbitos de la sociedad escuchamos con insistencia: cambio, cambio, cambio. La realidad es nueva, brillante que casi deja ciega al mirón que se atreve a fisgonearla. Es necesario, prácticamente en la profesión/vocación que sea, que busque la vigencia, reinventarse. Busca otro cascarón, al menos buscar cambiar la forma del cascarón del presente. ¿Qué hace el periodista o el educador para ello? Y no me refiero al modelo de negocios, no me refiero a la manera de entrega del producto, me refiero a cosas un poco más trascendentes: ¿para qué necesitamos a los formadores de conciencia en la actualidad cambiante? ¿los necesitamos? Si sí, urge mostrarlo, porque de otra manera, la realidad, retorciéndose, nos puede tragar, deglutir, sin dejar rastro.

Y termino en el principio: los nuevos medios ya están aquí, pero no son tan poderosos como para inyectar de consistencia creativa a estos problemas que tanto necesitan de control. Aún no.

 

Publicado en El Universal

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