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Mujeres, violencia y familia

Las cifras de feminicidios en la República Dominicana van en aumento y no hay manera de frenarlas. Pese a los esfuerzos que realizan diversas entidades, tanto públicas como privadas, muchas mujeres están pagando con sus vidas a manos de sus cónyuges y/o ex compañeros lo que no hay manera de explicar, dejando tras de sí una serie de hijos huérfanos y raumatizados, y una  sociedad navegando en su propia hipocresía.

 

En lo que transcurre de año han muerto 50 mujeres. Las cuatro más recientes en lo que va de junio, y se pronostica que el promedio de víctimas para finales de 2016 podría establecer un récord. Más allá de las cifras frías y las estadísticas, hay que admitirlo: existe una cultura de violencia contra la mujer, más enfatizada en esta etapa histórica de la nación por los esfuerzos para quebrar la estructura histórica de privilegios, de dominio y discriminación contra ellas.

 

Las raíces de la cultura machista se originan y nutren de las mismas manos amorosas que alimentan y mecen la cuna del niño. La mujer dominicana, por su naturaleza, tiende a ser sobreprotectora, celosa y fiera cuando se trata de defender a sus hijos. Sus varones tenían un trato especial en comparación con las hembras. Sin embargo, no en todos los hogares reina la paz y la armonía, ya que en muchos casos los métodos de crianza, de afecto, agrado y desagrado han matizados por años una cadena de resentimientos y rencores que generan más violencia intrafamiliar, antes y después que se adoptara el concepto de “madre soltera”, tan favorecido por la ley y tan de moda en estos días.

 

En un período de la nación y dada la historia violenta del antes y el después del origen de la República Dominicana, un macho en su versión de padre o hijo, significaba un proveedor y protector frente a toda amenaza, particularmente en zonas rurales donde reinaba la ley del más  fuerte, y la mujer era vista como botín de guerra o carnada para los tiburones. Una infracción ética, moral, física o inmaterial tenía consecuencias severas en la mujer, no así en el hombre.

 

Para finales del siglo 18 y principios del siglo 19 el hombre era el referente de toda acción individual. El hombre era todo para la mujer, y ésta constituía una especie de complemento para asuntos básicos. No existía la cultura machista como se define al presente, ni la desintegración de la familia tradicional en sus tantas y cuestionables versiones del nuevo siglo, ya que cada uno entendía y asumía su papel.

 

Los conceptos religiosos patriarcales también contribuyeron a jerarquizar la relación hombre-mujer, dando más preponderancia al primero que a la segunda. De hecho, en muchas familias tener un varón tenía más ventajas que una niña, ya que ellas no rendían en trabajos pesados, con el riesgo implícito de una vez pasada la pubertad quedarán embarazadas, abandonadas y convertidas en una carga familiar incómoda.

 

La mujer del hogar tradicional, tenía un papel y un lugar definido por una sociedad de hombres, amparada por una serie de valores, conductas, consecuencias y prejuicios válidos para ese entonces todo con fiel apego a la jerarquía que reflejaba más un sistema de castas que un sistema social, donde se jugaba con la desigualdad y el poder. Para el hombre dominicano, la mujer más fiel y pura era y es la de la casa, en particular la progenitora. Las de la calle eran cuestionables, a menos que sus orígenes se remontaran a apellidos ilustres en el peor de los casos. Con razón siempre se preguntaba en el campo: ¿y de qué apellido es ella o él?

 

El origen de la violencia de género en estos tiempos refleja además el rompimiento de un patrón cultural y atávico que, en lo que atañe a la mujer, implica su rebelión a todo lo que la sociedad del hombre ha impuesto en su desmedro. Es lógico asumir que los hombres de países pobres y subdesarrollados no aceptarán de buenas ganas que se trastoque su ya obsoleto papel de proveedor y protector, algo que el Estado quiere asumir aunque le falten medios y voluntad, y no pueda prevenir las repetidas tragedias familiares.

 

Desde las luchas por su derecho al voto, hasta el derecho a decidir el destino de sus óvulos, el alquiler de su vientre y el uso desinhibido de su cuerpo, la batalla por la igualdad de género ha degenerado en una guerra sin cuartel entre el machismo y el feminismo, la cual pasa por alto principios tan válidos como los de justicia e igualdad razonable entre los géneros.

 

La proclamación de independencia de la mujer ha generado el pánico entre muchos hombres que desde ya anticipan el advenimiento de un estado matriarcal, lo que desintegra las bases del esquema patriarcal aprendido en Asia, África, Centroamérica, Sudamérica y otras regiones del planeta donde la mujer interactúa en algunos entornos prehistórico con relación al hombre.

 

Al presente, más mujeres estudian en las universidades, se sintonizan con las ondas de modernidad, ejercen funciones públicas, participan en las fuerzas armadas, asumen responsabilidades de Estado, se sienten “liberadas” de responsabilidades, en una libertad que algunos interpretan como libertinaje. Para muchas, el hogar y la enorme tarea de levantar una familia junto a un hombre de valores ya no constituyen motivos de crecimiento y desarrollo personal ni familiar, ya que la calle con su aire seductor pretende sustituir desde hace tiempo la escuela y el hogar.

 

Mientras el hombre se queda rezagado y masculla entre dientes la ola de ventajas que tienen ellas, sobre todo en países desarrollados. En naciones atrasadas ese desfase entre ellos y ellas se traduce en una lucha de ventajas, odios y egoísmos, desigualdad y discrimen; en una espiral de violencia incontenible, que rompe con las reglas del juego de sus lazos afectivos, deberes y derechos, en conductas y dinámicas sociales cuestionables que amenazan incluso al mismo desarrollo nacional. En conclusión, la batalla de los sexos marcha a ritmo acelerado por el control de la sociedad, los grupos, los intereses afines, poniendo en peligro el balance, la movilidad social, de clases, las reglas del juego equilibrado, el principio de la ley de igualdad para todos, la socialización de los niños y los modelos de desarrollo, a la vez que pulveriza los pocos límites de referencia que dan sentido a la competencia justa entre iguales.

 

Todo lo anterior parece preludios de un parto que anuncia un amanecer no por nuevo diferente ni mejor, sino el surgimiento de un mundo extraño y desconocido, engendrado por una sociedad asexuada, tecnológica y caótica, cuyo mejor referente y lenguaje suele ser la violencia en forma de feminicidios, mientras la sociedad continúa indiferente a soluciones que equilibren mejor las relaciones presentes y futuras entre los géneros hombre y mujer.

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