Historia

“Mayoría” numérica no es igual a voluntad general

“[…] no hay motivo para creer que en el espíritu de nuestras masas estén arraigados el sentimiento de rebeldía y los arrebatos de pasión que algunos temen; pues yo creo que tal estado de espíritu no existe ni ha existido nunca en las masas que constituyen el pueblo dominicano. Las convulsiones políticas que antaño ensangrentaron nuestro suelo debiéronse, no a tal estado de espíritu, sino a los desmanes gubernativos unas veces y a las impaciencias de los caudillos las demás; las masas del pueblo no fueron nunca sino el triste vivero de donde gobierno y caudillos de la oposición iban a extraer la carne de cañón que necesitaban, para forzarla a una lucha cuyos motivos ellas siempre ignoraban. Esas masas no fueron jamás, ni con arrebatos de pasión, ni con sentimientos de rebeldía, ni con nada, iniciadoras ni coadyuvadoras voluntarias de nuestras perturbaciones políticas; ellas, es decir, las agrupaciones de hombres en nuestro país sostienen el trabajo y crean la riqueza pública sin exigir lo que de derecho les corresponde, dieron siempre su contribución de sangre, y vieron destruidos sus hogares y plantaciones, arrebatado su ganado y expoliados sus ahorros, por escote forzoso que le impuso lo que no fue nunca sino una minoría, que prevalecía siempre porque estaba armada, además de carabinas, de inteligencia, del prestigio que da el poder que se tiene o que se ha tenido, y de la preparación y relaciones consiguientes al ejercicio de la política como profesión.”

“[…] si el favor de los comicios me protege, respetaré fervientemente la Constitución y seré un ejecutor inflexible de todas las leyes, sin que puedan influir, para torcer tales propósitos, distinciones ni privilegios de ninguna especie. Probaré al país que el afecto al amigo y al partidario no podrán jamás inducirme a privar a nadie de la protección y garantía consiguientes al armónico convivir de que ha menester toda sociedad organizada.”.

Francisco J. Peynado, 1914.

EL SOL SALE PARA TODOS. MANIFIESTO QUE AL PUEBLO DOMINICANO DIRIGE EL LIC. FRANCISCO J. PEYNADO”. [1]

La historia dominicana está llena de numerosos manuscritos donde han quedado a solas las ideas, la conciencia, y lo que podríamos llamar la fatalidad de la conciencia de este pueblo, que ya no se estudia. Circunstancias distintas, pero a veces, similares a las del pasado, y, otras maneras de desterrar a la conciencia, se acumulan en esa metáfora de lo que entendemos como una manera de convivencia justa y digna para que la existencia sea algo llevadera. Ahora, ya no hay más razones para abrazarse a las utopías, como tampoco se tienen sueños de realizar ideales. Hemos languidecido como sociedad; nosotros somos una sumatoria de egoísmos, y ciudadanía a medias; delegamos el poder para que sea solo un ente pragmático; cedemos a corto plazo ante los conflictos, y se degrada la majestad de la justicia ante la paradoja de si el voto, el sufragio popular, puede degradarse cuando es el resultado de una acción dirigida, de una manipulación que se sostiene en las heredades de las carroñas de un ignominioso pasado.

¿Puede un sufragio popular cuando es el resultado de una maquinaria manipuladora convertirse en una “obediencia positiva”? -Es difícil de comprender, más aun cuando es consecuencia de una orquestación política complicada, de un dictado invisible e indivisible amoral, porque si el sufragio -teóricamente- es una acción valorativa, un hecho, un “estar ahí”, un logro de la emancipación de la persona, es también un ejercicio de derecho ad honorem, una interacción con el ethos político, un registro fragmentado de una responsabilidad que, se presupone que asume una representatividad segmentada.

La política no puede ser un acto de voracidad, un tendedero donde se muestran las apetencias personales y la egolatría, echando a un zafacón la jerarquía de valores en la cual se fundamenta la voluntad general, porque lo irracional en el ejercicio de la política, lo dudosamente ético, trae consigo la ilegitimidad del poder. “Los fines justifican los medios”, enarbolan muchos, pero ese desafiante argumento tiene su contraargumento: las injusticas no pueden sustentarse en las estructuras omnímodas, compactadas, de la violencia psicológica. Quizás sea cierto –pero el pueblo no lo asume, y si lo asume, descubre que la política no tiene moral, es amoral, por su compleja realidad, por la manera en que se aniquila con ebriedad tiránica a los opuestos, a los que se destruye con las fuerzas de los demonios.

No creo, que un político principiante, veterano, astuto o zorro pueda querer “hacer el bien” cuando convierte a sus “seguidores” en aduladores, en militantes de su infernal sed de poder, en crucificados “ciudadanos” usados como lanzadores de diatribas. En la política se forjan mentes que creen a los demás estúpidos, que se abstraen de esa confusión que crean, porque el único trono o altar es su individualidad, la individualidad de su desmemoria en torno al presente, al pasado, y a lo que posiblemente vendrá.

Un “mayoría” concurrente a unas elecciones no expresa la voluntad general; una “mayoría” numérica no es portadora de la voluntad general. Si se asume lo contrario de estos dos presupuestos, creeríamos que la democracia es sólo el esfuerzo de los que concurren como votantes a unas elecciones, y no es así. La voluntad general es un pacto social de la colectividad, y transgredirla, quebrarla, fracturarla, es un riesgo, que cuando los pueblos lo corren se hace ineficaz a la democracia.

El General Horacio Vásquez con un grupo de amigos en casa del Senador Don Ignacio María González. © Morillo. Blanco y Negro.

La “mayoría” numérica no puede imponerle nada, absolutamente nada a la voluntad general, y está limitada porque los intereses de todos los ciudadanos son permanentes; la “mayoría” numérica no puede pretender erigirse en una mayoría que pueda limitar los derechos de todo el electorado. El pacto colectivo es un pacto nacional, no es sólo a través de las urnas que se les concede potestades y prerrogativas al pacto colectivo. Si la “mayoría” numérica procura devenir en la arbitrariedad, en exclusiones, en alteraciones sistemáticas del pacto social, la sociedad se divide, el civismo termina, las estipulaciones constitucionales se ponen en suspenso. Toda la mecánica de ese sujeto orgánico llamado Nación se descompensa, y viene el veto absoluto de la voluntad general a quien restringa la libertad positiva. Ninguna democracia puede sobrevivir si no les toma confianza a las críticas, y si por el contrario les teme a ellas. Los partidos del sistema son letales corporaciones, letales sinergias de grupos que destruyen a las derechas, a las izquierdas, a las centro derechas, y a las izquierdas reaccionarias. El liberalismo como doctrina en esos partidos no tiene nada de prominente, y en ellos se ha creado la “ideología” de que el sufragio no pertenece a las masas, porque lo han hecho propiedad de los partidos para sus trueques de deslealtades; pero las masas- dolorosamente-, se resignan, el votante medio se organiza, “lo organizan”; el votante de “abajo” es un número, sí un número; y los partidarios de este o aquel político o partido, degradadores de las conciencias. No sé qué tendencia lleva ahora nuestra “democracia”, cuál será el nuevo ruido que traerá, de qué se va a ocupar, qué le falta por hacer o qué puentes debe tender ahora que está distorsionada.

“Mayoría” numérica no es igual a voluntad general. Es un mito creer que la “mayoría” numérica pueda hacer real sus anhelos de dominación. Falso. A ella la domina una minoría numérica, que finalmente, le suprime sus ideales y anhelos. La “mayoría” numérica se hace multitud, millones de personas que no hablan, que están sin voces, y que la condicionan a no saber escuchar. La democracia, al parecer, no tiene como dogmas reciprocar los esfuerzos de la “mayoría” numérica con la felicidad; si fuera lo contrario, no sería necesaria la cohesión política a través de los partidos, y nadie se atrincherara en ellos para sentirse un ser-con-derecho a actuar en la “democracia”.

La democracia tiene a su peor enemiga en la demagogia política, en esas voces de roca que solo persiguen el poder por el poder mismo. ¡Cuánto hemos involucionado, si la aspiración de ser un ciudadano, de asumirse como un ciudadano, cada día se ve más imposibilitada de ser realidad como votante, y como sufragante!, porque esas voces de roca que reviven desde los siglos de atrás, se sientan cómodamente sobre el altar de la tiranía.

“Mayoría” numérica no es igual a voluntad general. Es éste un tema que puede atraer discusiones, respuestas y antirespuestas, comentarios accidentales, negaciones y argumentaciones razonadas. Las estructuras de poder en una sociedad no sólo corresponden al poder político, ya que coexisten con él otras voluntades en las cuales apoya su funcionamiento; comprenderlo es necesario. Oprimir, subyugar, narigonear, ignorar, acorralar, desestimar, y burlar hostilmente esas otras voluntades, es darles fuerzas a las nodrizas que se ocultan en el tiempo, un tiempo que sólo requiere un mínimo de aliento para que las perspectivas de dominación cambien.

El Sol sale para todos. Manifiesto de Francisco J. Peynado. © Litografía Lepervanche, C. por A., Santiago 1923. Col. Ylonka Nacidit-Perdomo.

La voluntad general no es un monopolio del Estado; es la que organiza al Estado, la que lo vincula al pacto colectivo que hacen las naciones para sobrevivir al peligro y a las acechanzas de la exterminación por lo enemigos. Una Nación acumula poder a través de la voluntad general, y reivindica su poder cuando la razón natural y esencial de su existencia se siente amenazada por los privilegios de una clase política gobernante. La voluntad general no es neutra, como tampoco promueve el antagonismo en la Nación, pero es irreconciliable con los que desarticulan el equilibrio y armonía que le proporciona el acuerdo alcanzado; su fortaleza es esa: no permitir que destruyan, de manera irreversible, la seguridad de los asociados que han pactado libertad e igualdad. Si la “mayoría” numérica adquiere un carácter que puede conflictual el equilibrio y metamorfosear las bases del pacto colectivo sin el consentimiento de la voluntad general, la voluntad general que es la verdadera superestructura de la Nación y la verdadera superestructura del Estado, no se hace simplemente contrapeso, sino que se erige en la democracia real, en la democracia general, reaccionando contra el monopolio del poder.

Mitin de reafirmación trujillista © Luis Mañón, 1937

Los políticos del sistema no pueden arrojar a un basurero a la historia de este pueblo, y menos pretender arrojar a un basurero a la voluntad general, al pacto social, que no puede ser desestabilizado por grupos que sistémicamente emergen generación tras generación intentando violar, menoscabar o suprimir a la voluntad general. Esos intentos “audaces” que perjudican al pacto colectivo, que aún no pueden transparentar la “mayoría” numérica, engendran estados fallidos, colapsos de comunidades, postraciones que desangran a los pueblos, abruptas redefiniciones de los sistemas, y el surgimiento de vanguardias de resistencias que se hacen estallido.

La historia les tiende sus trampas a los “líderes” que no abren los ojos para ver cómo participa y ha participado la voluntad general en la construcción de los ideales de un pueblo convertido en Nación, y cómo destruye ese mismo pueblo las barreras que pretenden imponerle, y planifica su avanzada como una descarga de rayos. Todas las sociedades son capaces de levantarse del polvo y quitarse de encima los lodos que deja la inercia. Todas las sociedades pueden despertar a la comprensión de sus fases históricas, reconfigurar los contenidos de su destino, crear una comunidad que no se agota en las reiteradas luchas por alcanzar su autonomía. La voluntad general es la portadora de estas verdades únicas que pertenecen a la Nación, y está por encima del Estado, porque es ella quien le da nacimiento a éste, por lo tanto, no le permite a éste que pueda extenderse en abusos, porque si lo hace lo sorprenderá con la efectividad de la lealtad que todos tienen hacia el pacto colectivo. Estas no son proposiciones abstractas, son fundamentalmente la esencia que revela la naturaleza de la voluntad general, que rige los axiomas cognoscibles, y por conocer, en las interacciones del género humano.

Ya lo había escrito Francisco José Peynado (1867-1933), y retrospectivamente ahora nos toca leer que, estos años “han advertido, a los que antes se habían abstenido de intervenir en la política porque lo consideraban un deber de pulcritud moral, de que su verdadero deber no es la abstención, sino su activa injerencia en los trabajos que han de determinar la salvación o pérdida de la República, para evitar a todo trance que se reanude aquel comercio de sangre; [estos años] han enseñado, a quienes antes se vieron forzados por la intriga a atacar o a defenderse y a vivir arma al brazo, que su deber les ordena engrosar las filas de los que proscriben la guerra fratricida como crimen de lesa patria; y, por último, han infiltrado en la conciencia de los que se han hecho hombres durante ese lapso doloroso, nuevas ideas”, [2]   “a fin de que sea una realidad entre nosotros el gobierno de todos, por todos y para todos”. [3]

En 1923, no fue suficiente al candidato Peynado decirle a sus “Compatriotas”: “Yo os demando el concurso entusiasta de vuestro sufragio, no en interés de ennoblecer mi nombre, sino muy principalmente para proporcionaros, sirviéndome de la Justicia, los días de Paz moral con que soñaron férvidamente los inmortales creadores de nuestra nacionalidad!”. [4]

Parque Enriquillo en el momento de Trujillo ser aclamado, luego de juramentarse como Presidente el 16 de agosto de 1930. © Luis Mañón.

Ni llegaron los días de Justicia ni los días de Paz moral, luego de las elecciones del 15 de marzo de 1924. La historia empezaría a escribirse convulsionadamente de otra manera. El deber y la conciencia huirían; el “progreso” se transformaría en monopolios; el bien común en la perversidad que trajo el accionar partidista; los ideales en una afrenta para las inescrupulosas aspiraciones personales de los caudillos, y los comicios en un simulacro.

El “orden” era un divorcio total con la voluntad general de la Nación y el pacto colectivo. Se hizo evidente, a medida que transcurría el tiempo, que se estaba gestando en silencio un centinela del rebaño, de esas masas a las cuales se refería Peynado, que irían detrás del olor a “Héroe”, de los pasos del “predestinado” que le diera el estímulo de pensarse una “mayoría”, y que al final estableciera el control de esa “mayoría”. Vinieron entonces otros jinetes con sus itinerarios de vida, transgrediendo todos los imaginarios de los votantes: Horacio Vásquez y Rafael Leónidas Trujillo.

Desde entonces, el “Yo” no se hizo prójimo, sino persona “Única”. Y la “mayoría” iba inconsciente detrás de ese “Yo” que le restringía su libertad, que le omitía su esencia como persona. Ese animal “humano” llamado Trujillo ha dejado sembrado en el alma nacional un “Yo” que no se hace prójimo, sino persona “Única”, que cree que la comunidad le pertenece, porque -al alardear de su “Yo”-, trae la novedad de que su “Yo” proclama que no deben existir límites para su continuidad. Su “Yo” es demasiado grande ante la voluntad general; no se le puede anteponer nada, ninguna estructura social, nada parecido a la ley, porque la voluntad general vista a distancia por su “Yo”, no es más que un grupo de leprosos con los cuales no hay interés, por trivial que fuera, de interactuar.

Horacio Vásquez y Trujillo

Ese mismo Trujillo, hiena, bestia, sarcástico simulador y narrador postizo de la institucionalidad, a quien le pareció que el destino de todos les pertenecía, que usaba el espejo para reconciliarse con su figura echa a imagen y semejanza de una sátira, con los ojos inquietados por su propia mímica, fue el que expresó ante sus acólitos como un burlador profano, que: “La democracia actúa en razón de las necesidades y de las características de cada grupo, impulsada y presidida por la objetiva conformación de una sociedad determinada. Democracia es función económica, religiosa, política, social, humana, en una palabra, que se desenvuelve y actúa de conformidad con la tradición, la historia, la etnología y la geografía del grupo, siempre y cuando, desde luego, aquella función se oriente esencialmente hacia el perfeccionamiento de la colectividad”. [5]

Leyendo esto, pienso y creo, que cada día, Trujillo debe seguir muriendo o matándole en sus entrañas las posibilidades de que vuelva a nacer otro Trujillo hiena, bestia, sarcástico simulador y narrador postizo de la institucionalidad.

Es lamentable que ningún político del sistema, o que se aprecie a sí mismo de ser un político puro,  pueda exclamar: “Estoy exento de odios y libre de deudas políticas” [6], cuando pretende hacer efectivo el control de su rebaño, y al suponer que “mayoría” numérica es voluntad general.

 

Francisco J. Peynado, a su regreso al país en 1931, luego de realizar un gira por países europeos y del medio Oriente

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