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Las claves de una recesión desigual en el país sudafricano

Durante un discurso sobre el presupuesto de 2016, donde se prevé un crecimiento del 0,9%, el ministro de Finanzas sudafricano, Pravin Gordhan, dijo contundente:“No hay ninguna duda de que estamos en crisis”. Sus peores enemigos: la contracción, un desempleo superior al 25%, la pobreza generalizada y la caída del rand (la moneda local), que ha reducido su valor a la mitad en los últimos cinco años. Sus primeras medidas: recortes del gasto público, congelación de trabajo de servicio civil y algunas subidas de impuestos moderados.

Sin embargo, Gorhan decidió no tocar el IVA, fijado en un 14% desde hace dos décadas. “No podemos gastar dinero que no tenemos. No podemos pedir prestado más allá de nuestra capacidad para pagar. Hasta que volvamos a encender el motor del crecimiento y generar más ingresos tenemos que ser duros con nosotros mismos”. El ministro dijo que su objetivo será reducir el déficit público al 3,2% este año y durante los próximos tres años. Su estrategia parece ser la de gastar menos con el fin de ahorrar más.

Cuando Estados Unidos sucumbió ante la crisis económica de 2008 y tumbó como piezas de dominó a Europa, Sudáfrica se regodeaba de ser un Estado estable dentro del caos económico que dibuja el África Subsahariana. El país más meridional del continente fue relativamente inmune a los efectos directos de la crisis, ya que los bancos nacionales no mantenían ninguna deuda de alto riesgo. Además, el convertirse dos años después en la sede de la Copa del Mundo propició un estímulo importante para la economía: la construcción vivió su momento de auge y el país recibió un gran número de visitantes internacionales.

Con una fuerte presencia de herederos de los bóeres, los holandeses que allá por el siglo XVII llegaron al país, y de comunidades indias con gran capital económico, Sudáfrica puede presumir de ser el país con más capacidad industrial del continente que abastece a los países colindantes.

En 2009, el actual presidente Jacob Zuma ganó por primera vez las elecciones. Entonces ya era conocido por su poca transparencia y afán de enriquecimiento personal. Además de ello, se puede afirmar que en 2016 Zuma ha desatendido la economía y ha perdido apoyo entre la sociedad y dentro de su partido. Aunque la patria de Mandela no presenta una corrupción tan palpable a pie de calle como en el resto de países africanos donde está asumida en todos los niveles, los altos mandos del Gobierno y las principales empresas sí que son objeto de irregularidades a la hora de adjudicar las licitaciones o de llevar a cabo los contratos. Es más, en marzo salió a la luz el escándalo de influencias por parte de los Gupta, una poderosa familia de negocios de origen indio, que tiene multitud de acuerdos con Zuma, tanto en lo personal como en lo profesional.

Desde la segunda mitad de 2015, el país reconoció públicamente que veía tambalear sus cimientos económicos y comenzó a proponer recortes. “Un problema clave ha sido la falta de una política económica coherente durante varios años después”, relata a EL MUNDO el profesor adjunto de Economía en la Universidad de Ciudad del Cabo, Mark Ellyne. “Años después del inicio de la Presidencia de Zuma había por lo menos tres planes de desarrollo que, aunque contenían muchas coincidencias, cada uno de ellos tenía un énfasis diferente».

El Congreso Nacional Africano (CNA), el partido que lideró Madiba y que actualmente preside Zuma, siempre ha tenido el objetivo de convertirse en un estado de desarrollo. Sin embargo, había diferentes interpretaciones de lo que eso significaba. La multiplicidad de planes económicos puso de relieve la ambivalencia del Gobierno y de los modelos de crecimiento, que iban desde el modelo asiático -liderado por el Gobierno- al Estado del Bienestar escandinavo.

Deuda pública

Pasada la euforia del Mundial, el Gobierno era la principal fuente de estimulación económica y de creación de empleo. Además, en 2010, el país comenzó a producir a unos niveles mucho más bajos de su potencial. “La tendencia al aumento de la deuda pública junto a un débil crecimiento económico ha creado el potencial para una rebaja en la calidad de la deuda del Gobierno sudafricano hasta por debajo del grado de inversión. Si esto sucede, significa que el endeudamiento será más caro para el Gobierno y que tendría que recortar otros gastos a fin de pagar su deuda“, expone Ellyne.

Por el momento, la deuda del Gobierno sudafricano está todavía por debajo del 50% del Producto Interior Bruto (PIB), frente a la deuda pública griega que llegó a más del 150%. Por lo que el problema de la deuda no es actualmente una crisis en términos comparativos. En opinión del analista, es poco probable que el país caiga en una crisis económica del nivel de Europa o EEUU.

Sin embargo, sí que corre el riesgo de que el crecimiento sea más débil, persista el desempleo y se empeore la distribución de la riqueza, lo que avivaría más las diferencias de poder adquisitivo y nivel de vida entre blancos y negros. No obstante, entre el 25% y el 30% de la fuerza de trabajo que está en paro seguirá recibiendo subvenciones estatales, que contendrán las huelgas generales y los movimientos ciudadanos.

En opinión del economista Ellyne, la única vía para que Sudáfrica no caiga en elabismo económico es que el Gobierno reduzca el déficit fiscal para controlar la deuda y dar confianza a los inversores internacionales para que no cesen sus negocios. Además de encontrar un mecanismo que reduzca las tensiones entre empresas y trabajadores, y mejorar el sector público. No obstante, “si el Gobierno es incapaz de resolver estos problemas, es posible que pida al Fondo Monetario Internacional (FMI) un préstamo como estímulo”.

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