Farándula

La ignorancia no implica inocencia

Batman v Superman: El amanecer de la Justicia es una película sobre la fe. Sobre la fe en nosotros mismos, sobre la fe en el futuro y sobre en la fe en el legado. En lo que sentimos cuando nos miramos al espejo buscando la aceptación de un padre que ya no está y la falta de un reflejo nos hace mirar a nuestra descendencia, a lo que quedará de nosotros en el planeta cuando nuestro tiempo haya pasado.

“Mi único legado es haber vivido más que mi padre”, le confiesa Bruce Wayne a su mayordomo Alfred en los restos de lo que antaño fue la esplendorosa Mansión Wayne. Uno de los pocos, por no decir el único momento en el que el director Zack Snyder deja a Ben Affleck mostrar un atisbo de tridimensionalidad. Lo hace frente a Jeremy Irons, el único actor que puede sentirse satisfecho por tener unas líneas de guión cínicas y frescas, extraídas directamente de El regreso del Caballero Oscuro, la obra magna de Frank Miller. Aunque su aspecto rudo y desaliñado beba de obras posteriores y no tan conocidas como Batman Tierra Uno.

Hay más citas del maestro Miller, pero parecen elegidas al azar, más por patrones estéticos y epatantes que por una necesidad argumental. Carecen de fluidez, sentido o trascendencia alguna más allá de plasmar que viven en un mundo construido con retazos. No hay dudas de su potencial, pero su belleza carece de alma. Se suceden ideas tras la que parece que se puede rascar algún tipo de sentimiento (ese atisbo de oda al periodismo que puede cambiar vidas), pero son abrasadas por la visión calorífica de un Superman que ya no puede separarse de unos ojos rojos más propios de un villano que del héroe de Metrópolis.

La verdadera pelea de la película no es la de Batman y Superman. Ni la de Wonder Woman y un Doomsday fuera de escala. Es la que sostienen dos películas que se golpean a lo largo del metraje. Una es una obra que se embellece con la cámara lenta, que empieza transformando a los murciélagos en ángeles para ascender a un joven Bruce Wayne y acaba con una perla, esa que cayendo del collar de Martha Wayne segundos antes de su muerte acaba encajando con el corazón de un Clark Kent que no sabe hasta qué punto erigir sus principios en las enseñanzas de otra Martha, su madre adoptiva, interpretada por una Diane Lane que no titubea cuando le dice a su kriptoniano retoño: “No le debes nada a este mundo”. El otro filme es, simplemente, el desarrollo de una fase del (por otro lado magnífico) videojuego Arkham Knight, en la que no falta el modo detective, el cabestrante, el disruptor y se le añade de un Batman que parece miembro honorario de la Asociación del Rifle.

Tras una hora de errática exposición, la confrontación entre los dos iconos de DC Cómics la provoca el más manido de los subterfugios argumentales. Con honrosas excepciones (“Siempre ha sido verdad lo que pensabas de él”, dice un personaje con un brillo tembloroso que erizará a más de uno) los grandes conceptos de las viñetas parecen plasmadas por un escritor novel, ducho a la hora de componer grandes escenas pero incapaz de labrar un camino interesante hasta llegar a ellas. O peor aún, por una reunión de ejecutivos hipnotizados por esas pruebas de mercado que sugieren que el perro Poochie es lo que le hace falta al Show de Rasca y Pica.

Desde Crisis en Tierras Infinitas a Flashpoint, DC Cómics ha convertido los reinicios en una marca de la casa, magníficas puerta de entrada para nuevos lectores que deben pagar un precio: el de las almas rotas que deja por el camino: la de los aficionados que observan como pequeñas partes del que ya habían considerado su mundo de ficción se resquebrajaba y desaparece por culpa de entes superiores. Pero, paradójicamente, en su intención de crear un universo cinematográfico compartido, la crisis se produce antes de que surja el amor. O peor: se produce para ése que no tiene porque estar. Y que si está, demanda otras cosas: es el niño que quiere un beso antes de ir a la cama pero lo que recibe es un videojuego para una consola que ni tiene.

El climax de la película es una carta de amor a alguien que ya no va a abrir su correo. Una petición de matrimonio hecha en público donde todo el mundo, menos el implicado, sabe que la respuesta va a ser un “no”. Y el sentimiento que se siente al salir del cine es de pena. Fe resquebrajada, como la que sienten quienes aún tienen cosas en las que creer, como el fútbol. Porque a fin de cuentas, Batman v Superman: El amanecer de la Justicia recuerda al fichaje de Rafa Benítez por el Real Madrid. Benítez caía bien, daban ganas de que triunfara. Pero, en el fondo, nadie confiaba en que lo hiciera. Parecía que hasta los propios encargados de su contratación lo sabían, pero miraban hacia otro lado en una espiral sin sentido que se subiese o bajase llevaba al mismo sitio. Al fracaso.

Pero al igual que en el Madrid, la solución puede estar en la misma casa. Gal Gadot, impresionante en cada minuto que ocupa en la pantalla, puede ser la encargada de recuperar la fe, como Zinedine Zidane parece el encargado de conseguir la undécima o morir en el intento. Es ella y su química con Ben Affleck la que puede traer un mundo mejor, alejado de personajes como ese Lex Luthor de tintes frankenstenianos, con la falta de sentido del ridículo de Gene Hackman, el trauma paterno de su versión en la serie Smallville y los diálogos descartados por Aaron Sorkin en La red social. Y es que, como reflexiona el desaprovechado personaje interpretado por Holly Hunter, “la ignorancia no implica inocencia”. Y eso es aplicable a Superman, a Batman, a Luthor y quienes tienen el poder en sus manos, ya sea en el fútbol, el cómic o el cine.

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