Opinión

¿La guerra de México contra supremacistas blancos incluye a Trump?

Por Luis Manuel Arce Isaac

 

(Prensa Latina) El canciller de México, Marcelo Ebrard, reiteró hoy en la conferencia matutina presidencial que la masacre perpetrada en El Paso por Patrick Crusius, joven de 21 años de Dallas, es un acto terrorista de una red de supremacistas blancos.

 

Lo aparentemente importante es que, según el secretario mexicano, el gobierno de Estados Unidos aceptó ese enfoque, lo cual no es poca cosa y se aviene con los objetivos estratégicos de que el asunto se ventile como un acto de terrorismo, lo cual ya se logró con Naciones Unidas y otras instituciones regionales.

Esa admisión de Washington tendría que derivar en un hecho lógico: aceptar y ayudar en la protección de los más de 20 millones de mexicanos asentados en Estados Unidos, y en las medidas legales apegadas al derecho internacional que implemente el gobierno de México en favor de sus súbditos en el país vecino.

Admitir que se trató de un ataque terrorista contra los mexicanos, como ya ocurrió según Ebrard, debe permitir una serie de acciones legales por parte de México que no solamente se limiten al juicio previsto del autor confeso de la masacre de El Paso, sino mucho más allá, como es la investigación de la existencia de una red de supremacistas blancos en Estados Unidos como todo hacer creer.

Sin embargo, está por ver si las autoridades de Washington, incluidas las judiciales, admiten una participación de la Fiscalía General de la República de México en el proceso al reo porque esta implica la aceptación también de una carpeta de investigación que ya está casi estructurada en contra del acusado de la masacre, cuyo alcance va mucho más allá del simple juicio a ese sujeto.

Es decir, esa investigación implica corroborar si efectivamente en Estados Unidos existe una red de supremacistas blancos en activo que ponen en peligro la integridad física y la vida de 20 millones de mexicanos residentes en ese país.

Como dijo Ebrard, sería el primer caso de un proceso en México respecto a un acto terrorista cometido en territorio de los Estados Unidos en contra de connacionales o de la comunidad méxico-norteamericana.

De concretarse todas esas expectativas, podría ser el más grande avance que hayamos logrado en los últimos años frente al auge y crecimiento del supremacismo blanco, la xenofobia, la discriminación y el discurso de odio, que es el adversario para México, ese discurso, aseguró el canciller.

Para toda la colonia latinoamericana en particular, y en general para la enorme masa de inmigrantes en Estados Unidos, sería un hecho de trascendencia histórica el que México pudiera romper las barreras legales impuestas a la justicia de segundos países para intervenir en procesos internos judiciales que afectan o implican a extranjeros sobre quienes no han perdido los derechos ciudadanos en sus lugares de origen.

En esencia Patrick Crusius sostiene en su manifiesto que la civilización blanca cristiana de Europa está siendo sustituida por una ‘nueva’ en Europa, hegemónica, que la está invadiendo: la islámica. Esa idea la extrapola a Estados Unidos, la concentra en los mexicanos, pero la generaliza a todos los latinoamericanos que residen allí.

¿Qué sostiene México en contra de ese pensamiento xenófobo? La tesis opuesta, que la convivencia de las civilizaciones produce el avance de la humanidad y que es falsa la ideología de esas personas, y es tóxica, pero alguien lo tiene que decir y sostener, y a México le toca esa encomienda porque esas ideas están enfiladas contra nuestros connacionales en los Estados Unidos, dijo el canciller.

Pero el asunto no es tan fácil, como acaba de advertir el analista Jaime Hernández en un artículo en La Jornada. El gobierno de Andrés Manuel López Obrador ha hecho la promesa de defender a sus compatriotas de los ataques racistas y los supremacistas blancos en Estados Unidos.

Si nos atenemos al resurgimiento de ataques contra gente de origen mexicano desde el arribo al poder de Donald Trump, uno se pregunta si esta cruzada contra los supremacistas lo incluirá a él.

¿O es que acaso la lucha contra el racismo y el terrorismo de los supremacistas en Estados Unidos no incluirá a su principal instigador?, se pregunta el articulista, y se responde a sí mismo: Si no es así, podríamos asegurar por adelantado que esta lucha ya está perdida. O que simple y sencillamente estamos ante un paripé o acto de simulación.

El columnista coincide con Ebrard en que hay ‘una fuerza oscura que se ha nutrido durante décadas de enloquecidas teorías de desplazamiento demográfico’. Un ejército de nativistas que se mantenían agazapados, o que habían limitado sus acciones a la ‘defensa de la frontera con México’ creando milicias para dar caza a migrantes o a buscar alianzas en el seno del partido republicano.

Pero eso fue, agrega, hasta que llegó Donald Trump con sus promesas de reconquistar los derechos del hombre blanco y frenar el cambiante rostro demográfico de Estados Unidos.

Bajo el régimen de Trump, denuncia Hernández, los supremacistas han podido al fin actuar a la luz del día y de forma desembozada, rompiendo el espinazo de migrantes mexicanos o desfilando a rostro descubierto por las calles de Estados Unidos bajo la consigna de ‘no nos desplazarán’.

Y aunque parezca mentira, antes del atentado terrorista del 3 de agosto en El Paso, Texas, el concepto de ‘terrorismo doméstico’ era casi una abstracción y un término que solo encapsulaba el fenómeno del terrorismo islámico. Ahora no saben cómo detener el que practican los supremacistas blancos.

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