Política

Inglaterra, todavía un mundo de «arriba y abajo»

Octubre, inmenso salón de actos en Manchester. «Hay un problema social que tenemos que arreglar –comienza a decir el orador-. En el lenguaje político lo llamamos falta de movilidad social. Dicho en lenguaje normal, se trata de que debido a su origen la gente no puede subir del fondo a la cima, ni siquiera alcanzar la mitad de la tabla».

Quién habla no es precisamente un socialdemócrata. Se trata de todo un patricio inglés, David Cameron, con remota sangre real en sus venas, vástago de un potentado de la Bolsa, alumno de Oxford, casado con Samantha, todavía más linajuda que él, hija de un poderoso terrateniente. Cameron a veces incluso bromea con lo mucho que se le recuerda su paso por el internado de élite («Me han cambiado la partida de nacimiento, ahora en mi nombre y apellidos pone que me llamo ¨Ex Alumno de Eton David Cameron”»).

El primer ministro está hablando en la conferencia política de su partido, su primer gran acto tras su inesperada mayoría absoluta de mayo. Y sigue. «Escuchad esto: Gran Bretaña tiene la menor movilidad social del mundo desarrollado. El salario que cobras está más vinculado a quien es tu padre que en cualquier país desarrollado. Nosotros, los conservadores, el partido de la gente, no podemos aceptar esto».

La audiencia tory se divide. Unos aplauden. Otros se remueven un poco incómodos en sus asientos, pues saben que son ejemplos perfectos de la cadena de la cuna. El primer ministro remata su aldabonazo poniendo un ejemplo. Cuenta la historia de una chica de excelente currículo, pero que debido a su nombre africano no conseguía una entrevista de trabajo. Lo logró cuando simuló que se llamaba Elizabeth.

La biblia de la etiqueta inglesa, Debrett’s, elabora desde hace 250 años listas de influyentes. En su última relación de los 500 británicos más relevantes, dos quintos habían estudiado en colegios privados de élite. Para ver el peso que siguen teniendo esos centros hay que añadir que suponen solo el 7% del alumnado británico. La pregunta «¿a qué escuela fuiste?» sigue siendo ineludible en la vida profesional y social inglesa. De las aulas de Eton, fundado en 1440, han salido 19 primeros ministros del Reino Unido, entre ellos David Cameron. Por allí pasaron también Keynes, los príncipes Guillermo y Enrique, el creador de James Bond y hasta George Orwell, becado. Matricularse en Eton cuesta más de 30.000 euros al año. Los otros dos colegios que completan la trinidad de la élite son Harrow y Winchester, el más antiguo de Inglaterra.

Los internados de fuste son enormemente útiles cuando se inicia la vida laboral, pues las relaciones que allí se traban abren las puertas para la primera entrevista de trabajo. Muchos importantes empresarios resultan ser los padres «de aquel compañero de Eton», o de Harrow. Esa cadena de favores cercena muchas veces la ruta de la meritocracia.

Las aulas de Oxford y Cambridge, lo que se denomina en la jerga inglesa conjuntamente «Oxbridge», han dado 41 de los 54 primeros ministros que ha tenido el Reino Unido desde 1721. Cierto que hay excepciones, como John Major, hijo de un trapecista de music-hall, quien ni siquiera acudió a la universidad, o Gordon Brown, que lo hizo en una escocesa. Thatcher, hijo de un tendero y una costurera, pudo llegar a Oxford gracias a una beca. Son excepciones a la ruta habitual del «establisment».

La sociedad británica, más específicamente la inglesa, siempre se distinguió por su clasismo, que se marcaba hasta mediante el acento. «My fair Lady», la obra de George Bernard Shaw luego llevada con gran éxito al cine en 1964, cuenta la historia de una florista de Covent Garden (Audrey Hepburn) a la que un profesor fonetista quiere borrar en tiempo récord su acento cockney suburbial para que pase a hablar como una dama. Todavía hoy, los políticos de primer nivel se distinguen casi siempre por el acento distintivo y claro de las clases altas. El fútbol, ahora inmensamente popular, se desdeñó hasta los años ochenta del siglo XX como un deporte para el proletariado blanco inglés, al que luego se sumaron los inmigrantes antillanos. Las clases bien se quedaban con el críquet y el tenis, y las de la cima añadían la hípica y el polo.

Los estamentos de la sociedad se visualizan de manera extrema en producciones televisivas de tanto éxito como «Arriba y abajo», en los años 70, o «Downton Abbey» en la actualidad. Ambas cuentan la misma historia, situada a comienzos del siglo XX: el techo de cristal que las familias poderosas de solera y sus sirvientes. ¿Pero se ha roto ya ese techo de cristal? Las formas han cambiado y se han flexibilizado, pero la cuna sigue marcando las vidas y las relaciones.

La Comisión de Movilidad Social y Pobreza Infantil del Parlamento británico, en la que trabajan juntos laboristas y conservadores, acaba de publicar su informe anual. Su conclusión es que la división social por ingresos y clases está creciendo. «Si continúa la tendencia seremos un país todavía más dividido», concluye Alan Milburn, el ex ministro laborista que preside la ponecia. «En la parte más baja de la sociedad hay más de un millón de niños viviendo en una persistente pobreza. Están excluidos de las muchas oportunidades que ofrece la vida moderna británica», añade.

Curiosamente en Inglaterra, el territorio más rico, es donde se registra el mayor porcentaje de niños pobres. Donde menos es en Escocia, líder además en proporción de personas de familias de bajos ingresos que acceden a la alta educación (los escoceses juegan con la ventaja respecto a los jóvenes ingleses y galeses de que no pagan matrículas universitarias).

Paradojas

El Gobierno tory promete lanzar «un asalto a la pobreza». El Partido Conservador se presenta ahora como «el auténtico partido de los trabajadores», el que ofrece salidas «a la gente con aspiraciones». Han acuñado incluso un eslogan: «One Nation», con el que intentan a aludir a «un lugar donde cualquiera que quiera trabajar y hacer las cosas bien puede encontrar una buena vida». Cameron también ha prometido subir el salario mínimo y proclama que su modelo es una sociedad con «sueldos más altos, impuestos más bajos y menos factura del Estado del Bienestar». Pero Milburn dedica comentarios irónicos a su «One Nation» y le reprocha que existe todavía un abismo entre su retórica y la realidad.

La Comisión de la Movilidad Social vuelve a incidir en que siendo los alumnos de las escuelas privadas solo el 7% del total han ocupado en el curso pasado el 39% de las plazas de Cambridge y el 47% de las de Oxford. Sin eufemismos afirman que es «una vergüenza». Los conservadores alegan que el problema no son las universidades y su supuesto elitismo excluyente, sino que la escuela pública no logra que sus alumnos obtengan las calificaciones que se requieren para acceder a ellas. La Comisión lo viene a reconocer cuando recomienda pagar mejor a los profesores de la escuela pública y replantearse cómo se los está formando. Actualmente se da el caso de que alumnos mediocres de la escuela privada superan a alumnos de mayor potencial perdidos en la más abúlica docencia estatal.

En paralelo, la Oficina Nacional de Estadística acaba de revelar que la desigualdad ha crecido en los últimos dos años, «sobre todo por el precio de la vivienda en el sureste de Inglaterra y Londres». Según sus datos, la riqueza que acumula el 1% más rico supera a la que suma el 57% más pobre. La salida de la crisis, muy exitosa en sus grandes cifras, con el paro en solo el 5%, se ha traducido en que el porcentaje de trabajadores de paga baja ha crecido desde 2010 y es superior a la de Francia o Alemania. Profesionalmente, el ámbito de lo jurídico y las empresas de servicios profesionales son los más proclives a la movilidad social y los que menos, las ingenierías y los altos puestos del mundo inmobiliario.

En las últimas elecciones se enfrentaron Cameron y Miliband. Huelga decir donde habían estudiado. Ambos eran alumnos de Oxford.

 

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