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Históricamente El Rdo. John Wesley sobresale dentro del Movimiento de Santidad entre las Iglesias Protestantes

En la historia de las Iglesias Protestantes el hombre que hizo destacar el movimiento de santidad hasta nuestros días sigue siendo sin duda alguna John Wesley. Este hombre pequeño de estatura, quien provenía de una familia de escasos recursos económicos, dio a la iglesia un rico perfil de santidad como nunca antes nadie lo había logrado.

Su madre Susana Wesley, contrajo matrimonio con el Rdo. Samuel Wesley, ambos provenientes de parientes dedicados al ministerio cristiano. En el hogar de los parientes de Susana Wesley habían procreado 25 hijos. Ella era la numero 25 y según los biógrafos la más inteligente y la más hermosa de todos sus hermanos y hermanas.

Susana procreo 19 hijos, de los cuales solo 11 de ellos sobrevivieron. La escasez de alimento era algo vivencial para esta familia. Susana se dedicó a la crianza de sus hijos con mucho esmero y distinción. Ella tomaba el cuidado de educar a sus hijos desde temprana edad, enseñado a sus hijos a leer y escribir. Ella dominaba varios idiomas, por lo tanto instruyó a sus hijos para que estos dominaran el hebreo, el griego, y el inglés entre otros.

En la rectoría en Epworth donde vivía la familia Wesley, en una noche de invierno, la casa se incendió en el año 1709, y pronto los miembros salieron escapando de las feroces llamas que devoraban la casa. Susana conto sus hijos, y le faltaba uno, John Wesley. Samuel su padre trato de entrar por la puerta principal para socorrer a su hijo, pero no pudo. Los vecinos actuaron rápidamente, hicieron una escalera humana, hasta que alcanzaron al pequeño John que apenas contaba con 5 años de edad.

Tan pronto la escalera humana llego a tierra, la casa se desplomó. Susana, la madre de Wesley siempre tomó este evento como una señal de Dios, para brindar una mejor atención a este niño, porque entendió que Dios lo había salvado con algún gran propósito. En los años posteriores a ese evento, John Wesley se describió a sí mismo como un tizón arrebatado del fuego.
Los años de John Wesley, pasaron rápidamente recibiendo no solo instrucción de su madre sino también una base disciplinaria sólida que le acompañaría para el resto de sus días. Su madre observaba una disciplina muy metódica con sus hijos, y se encargó de educarlos para una empresa sin igual en la historia de la humanidad pudiera surgir de sus retoños.

Samuel Wesley, atendía su parroquia pero las entradas no eran suficientes como para mantener todos sus hijos. En cierta ocasión, Susana se quedó como encargada de la vida espiritual de sus feligreses y con la misma devoción que sentía al educar a sus hijos por el camino del bien, se entregó por completo al ministerio cristiano.

Tomó a los niños, y jóvenes del vecindario lo introdujo en las tareas de la iglesia, invitó a los familiares a participar del culto cristiano y pronto la pequeña parroquia se colmó llenando los asientos y exhortando a los asistentes para una relación más íntima con Dios y con el prójimo.

Las quejas no se hicieron esperar. Algunos decidieron enviar una carta al encargado de la parroquia, Samuel Wesley. Este le escribió a Susana quien le respondió informándole lo que ella estaba haciendo y cómo la gente estaba respondiendo al ministerio. En esta carta ella invitó a su esposo a valorar lo que estaba haciendo y a la vez juzgar si lo que ella estaba haciendo venia o no de Dios. Samuel guardó silencio y ella continúo con su ministerio.

Susana no creía justo malcriar sus niños hasta el punto de que estos desarrollaran una conducta indisciplinada por lo tanto, le enseñó a llorar calladamente. Nunca nadie descubrió como ella pudo lograr esto. Ella creía sin embargo, que la motivación era de mayor valor que los castigos corporales y si alguno de ellos hacia algo equivocado cada uno de ellos debía seleccionar su propio castigo, demostrando luego que estaba apenado por haber obrado mal. Continuara….

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