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España vota para romper el bloqueo

Más de 36 millones y medio de españoles están convocados hoy a las urnas, por segunda vez en seis meses, para elegir a 350 diputados y 208 senadores. La repetición de las elecciones generales es consecuencia de la mayor crisis institucional desde la Transición provocada por la incapacidad de los partidospara encontrar una fórmula de Gobierno en la XI Legislatura, la más breve de la democracia. Cuatro meses en los cuales se puso a prueba el funcionamiento y la solidez del sistema político, empezando por el papel del propio jefe del Estado. El «tiempo nuevo» -vislumbrado por el nuevo Rey hace ahora dos años en sudiscurso de proclamación– cristalizó en las elecciones del 20-D, cuando los españoles pusieron patas arriba el tablero político, sustituyendo el bipartidismo por el multipartidismo.

Cuatro formaciones entraron en el Congreso con más de 3,5 millones de votos. Ni los partidos viejos ni los nuevos acertaron a encontrar una salida en forma de Gobierno, por lo que, tras una investidura frustrada pero necesaria para activar el plazo constitucional de disolución de las Cortes, devolvieron la palabra a los españoles, que hoy volverán a hablar en las urnas. Los actores políticos han pedido a los ciudadanos que desempaten el resultado de un Congreso partido por la mitad desde el punto de vista ideológico. PPCiudadanos, 163 escaños. PSOEPodemosIU, 161.

España acude a las urnas este 26-J bajo la sombra del cansancio ciudadano -que puede traducirse en una mayor abstención-, la amenaza de la repetición del bloqueo y el peligro de la ingobernabilidad si no hay un mandato claro de las urnas. La formación de Gobierno está en el aire -puesto que en la campaña no todos los partidos han dejado claro con quién están dispuestos a pactar- y sólo será verosímil si se dan dos circunstancias. O bien los electores cambian el sentido de su voto; o bien los actores políticos, a partir de mañana, varían radicalmente su comportamiento de los últimos meses. Las formaciones españolas son conscientes de que no pueden someter al país a la tensión de unas terceras elecciones.

Los efectos sobre la vida de los españoles de una dura y larga crisis económica que aún persiste, los escándalos de corrupción que no remiten y los cambios sociales han situado a España en el espacio político intermedio que definía el sociólogo francés Michel Wieviorka en un artículo publicado en La Vanguardia. «Es poco probable que los partidos nacionales que han formado la osamenta de sistemas políticos superados sean capaces por ellos mismos de transformarse hasta el punto de hacerse imprescindibles en la nueva era. Y los procesos que podrían conducir al surgimiento y la estabilización de fuerzas nuevas pueden ser lentos y caóticos. Estamos ahí, en el espacio intermedio y desde luego tenemos para rato hasta que se constituyan los nuevos sistemas».

El nuevo sistema puede empezar a construirse este 26-J. Las encuestas indican que el bipartidismo no se recuperará en las urnas, a pesar de la inestabilidad provocada por la fragmentación parlamentaria. Las elecciones de junio no son exactamente iguales a las de diciembre por más que concurran los mismos candidatos con los mismos programas. Los movimientos políticos de la legislatura fallida pueden tener consecuencias en las urnas. El infructuoso acuerdo PSOE-Ciudadanos -que fue lo más concreto- ya ha tenido consecuencias y no precisamente las esperadas por parte de los protagonistas. Lejos de fortalecer a ambos partidos -premiando el esfuerzo de ponerse de acuerdo- les ha debilitado en los sondeos de intención de voto. Otro cambio sustantivo es que la dialéctica viejo-nuevo -omnipresente en la campaña de diciembre- ha dado paso a la tradicional pugna ideológica derecha-izquierda.

Los candidatos son los mismos, pero sólo aparentemente. Las circunstancias también los han cambiado. En el tiempo nuevo de la política española, la personalidad de los líderes ha pesado más en la carrera electoral que los programas de los partidos. La campaña -de la que desapareció la publicidad exterior para no cansar más a los ciudadanos- ha girado exclusivamente en torno a los candidatos y a sus apariciones televisivas en programas informativos y de entretenimiento. No quisieron arriesgar más que un debate a cuatro que apenas dejó huella.

El candidato del PP y presidente en funciones se ha tomado estas segundas elecciones como un desquite. No sólo del 20-D, que también, sino del desagradable relato mediático que lo presentó durante estos meses como un hombre carente de vida política y de futuro. «Hay gente que piensa que soy un espécimen, y yo soy un ser humano». Esta y otras frases parecidas del candidato en campaña -«estoy en forma, estoy bien, estoy preparado para llevar el timón»- indican que Rajoy no está dispuesto a tirar la toalla. Y la única forma de conseguir su objetivo es sumar hoy más de los 123 escaños que consiguió en diciembre. Un retroceso abriría las tensiones internas y no le permitiría resistir el hipotético veto de Albert Rivera para llegar a un acuerdo con el PP. Si es que les dan los votos.

Rajoy, a por los votos de provincias

En busca de más diputados -puesto que Unidos Podemos amenaza sus escaños en un puñado de provincias- Rajoy se ha ido directamente a las raíces de esa España de pueblos y ciudades pequeñas en la que el PP sustenta su medalla de partido más votado. Satisfecho, complacido y sin complejos, se ha emocionado en un campo de alcachofas, ha asistido a la ceremonia de ordeño de las vacas y se ha fotografiado con rebaños de ovejas. Pero también ha visitado territorios inexplorados en su biografía, como el plató de El Hormiguero. Puesto que nadie ha podido desalojarle de La Moncloa, carece de razones para pensar que podría tener que abandonar la Presidencia del Gobierno.

La correosa personalidad del líder Rajoy promete ser un factor fundamental del escenario poselectoral. Inmóvil durante seis meses, hizo su apuesta por unas nuevas elecciones en la creencia de que los españoles, cansados de la inestabilidad del cuatripartidismo, volverían sus ojos hacia el PP. Sin embargo, el 26-J ha llegado y no está nada claro que este cálculo fuera acertado. Por si no le fuera posible lograr un acuerdo aún ganando las elecciones, el candidato del PP ha acuñado como primer mandamiento que los demás partidos deben dejar gobernar a «la lista más votada», obviando que la investidura de un presidente la deciden los diputados, no los votantes.

El PP polarizó la campaña electoral presentando a Unidos Podemos -principal novedad de estas elecciones- como única alternativa de Gobierno. La coalición de izquierdas liderada por Pablo Iglesias amenaza seriamente la hegemonía del PSOE, uno de los pilares del bipartidismo.

El destino de Pedro Sánchez

Lejos de sonreírle, el destino sitúa hoy a Pedro Sánchez ante un paisaje de catástrofe. La honra y el legado de la familia socialista dependen de un líder que ha demostrado sobrada habilidad para defender su propio orgullo orgánico. Elencargo del Rey para la investidura y pacto con Rivera le permitió sobrevivir. El PSOE no ha apelado en la campaña a la cabeza política de sus votantes, sino a su corazón y a su memoria histórica. Los desolados dirigentes socialistas han pedido desesperadamente a sus potenciales electores que se movilicen contra Pablo Iglesias a base de recordar la gesta legendaria de Felipe González. Sánchez se ha declarado heredero de la historia socialista, pero ha puesto mucha más pasión al declararse heredero de sí mismo. El candidato socialista ha basado su campaña en el amargo recuerdo de que Iglesias le arrebató La Moncloa cuando la tenía al alcance de la mano. «Me dijo no, a mí, a un presidente socialista». El candidato pretende llegar a probar la miel y por tanto su circunstancia personal será una de las claves de la noche electoral. Si el PSOE resiste o empata en las urnas con Unidos Podemos, intentará una coalición con Iglesias. En caso contrario, se abrirá la tierra no sólo bajo sus pies, sino bajo la sede del PSOE. Con la cruel paradoja de ser la pieza decisiva para formar Gobierno. La elección más dramática a la que podría enfrentarse es favorecer la investidura del candidato del PP o del candidato de Unidos Podemos.

Las posibilidades de ‘sorpasso’ de Iglesias

Al frente del nutrido ejército del descontento nacional -que ha ido reclutando en las comunidades más pobladas y pujantes- el candidato de Unidos Podemos ha vuelto a ser la estrella de la campaña. Su acuerdo con Izquierda Unida permite aPodemos rentabilizar los 700.000 votos que se quedaron sin escaño el 20-D. Este movimiento estratégico, acompañado de la exhibición de un talante moderado muy distinto al de sus estridencias parlamentarias, han situado a Iglesias con posibilidades de dar el sorpasso. Su última jugada ha sido declararse socialdemócrata y heredero de Zapatero. A base de movilizar a las fuerzas del sistema -las consideradas de izquierdas y las de derechas- contra él, Iglesias tiene hecho su relato de cambio. El líder rebelde ha respondido a los ataques mostrándose como un inocente bebé jugando en su cuna de Ikea con el catálogo electoral. La sonrisa de Podemos no es incompatible con enarbolar fieramente la espada para desalojar al PP del Gobierno y para liderar la nueva izquierda española.

Podemos ha creado la nueva política pop en esta campaña, de la que Íñigo Errejónha sido coprotagonista. Podemos maneja el mundo digital y sus golpes de efecto -cada día uno- alcanzan más eficacia en la sociedad de las pantallas que el debate sobre sus triples saltos mortales ideológicos y programáticos. Las expectativas que ellos mismos han creado son tan altas, que el tercer puesto por detrás del PSOE se considerará una derrota de Pablo Iglesias.

Rivera, el cuarto actor protagonista

Contra Iglesias ha construido su estrategia de campaña el cuarto actor protagonista, Albert Rivera. Los sondeos sitúan a Ciudadanos con la misma representación que el 20-D. Rivera -menos angustiado que cuando creyó en diciembre que podía ganar las elecciones- ha peleado contra el explícito llamamiento al voto útil de Mariano Rajoy. El PP ha ido a recuperar los votos que se le fueron a Ciudadanos, muchos de los cuales se perdieron en la adjudicación de escaños de la Ley D’Hont. Rivera ha querido demostrar -con su viaje a Venezuela– que el voto a Ciudadanos también puede servir para detener el avance del populismo de Unidos Podemos.

El segundo eje de la campaña de Rivera ha sido un compromiso explícito denegociar con un PP renovado sin Rajoy, al que considera prisionero de la corrupción de su partido. Este tira y afloja será una de las claves de la mañana del lunes, cuando los partidos abran el baile para la formación de Gobierno en función de la aritmética parlamentaria que los españoles decidan en las urnas.

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