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Donald Trump lanza su campaña a la Casa Blanca

El candidato republicano rompe su promesa y anuncia que aceptará donaciones masivas mientras trata de lograr el apoyo de los líderes republicanos

Donald Trump son dos personas. El político Donald Trump y el empresario Donald Trump. Ambos han montado una operación política y de ingeniería financiera del más alto nivel. La campaña de Trump contrata los servicios de empresas controladas por Donald Trump, y Trump ha prestado hasta la fecha 36 millones de dólares (31,6 millones de euros) a su campaña. Así que el Trump político debe dinero al Trump empresario. Julio César conquistó los Galias para hacerse con una fortuna personal que le permitiera hacer política en Roma.

Donald Trump no ha conquistado nada, pero va camino de lograr lo mismo a base de construir casinos, campos de golf y hoteles. Hoteles en los que, según ha podido saber EL MUNDO, ninguna gran empresa española va a organizar eventos, porque el nombre ‘trump’ es la mejor forma de arruinar la reputación de un nombre comercial, en particular si es de una entidad con intereses comerciales en América Latina.

No importa, sostiene el candidato republicano. Al fin y al cabo, la semana pasada, Trump, en una entrevista en la cadena de televisión de información financiera CNBC se autoproclamó “el rey de la deuda”, y abrió la puerta a la posibilidad de que, si llega a la Casa Blanca, Estados Unidos reestructure su deuda. Es algo, para entendernos, como lo que ha hecho Grecia, pero que EEUU jamás ha realizado en los 239 años desde que proclamó su independencia de Gran Bretaña, y que explica en buena medida la solidez del dólar. Si el candidato republicano sigue por esa vía, habrá que mirar con cuidado los datos del PIB del segundo trimestre para ver si la compra de desfibriladores por ‘traders’ de Wall Street dispara la tasa de crecimiento de la economía. Porque, cada vez que Trump habla, algún financiero sufre una arritmia cardiaca.

Pero el argumento de Donald Trump va más allá. “Estoy usando mi propio dinero. No uso lobbyistas. No uso donantes. No me importa. Soy muy rico”, declaró el 16 de junio pasado, cuando anunció su candidatura. El problema de esa afirmación es que es como la de que los musulmanes de New Jersey se echaron a la calle a celebrar el 11-S, o que China tiene infravalorada su divisa: una mentira. En primer lugar, porque Trump ya llevaba dos meses prestándose dinero a sí mismo para esa campaña electoral que todavía no existía, el menos en teoría. Y, cuando alguien presta dinero, es porque espera recuperarlo. Y, en segundo término, porque Trump sí ha aceptado dinero de terceros.

Dinero de terceros

Según la organización independiente Centro para una Política Responsable, que fiscaliza la relación entre dinero y política en Estados Unidos, el 25% de su campaña procede de donaciones. Eso significa 12 millones de dólares (10,5 millones de euros) a 21 de abril. Y es que no hace falta ser un Sherlock Holmes de las finanzas para descubrir que Trump sí usa dinero de terceros. Basta con ir a algo tan sofisticado como su página web, www.donaldjtrump.com, y mirar, en la parte superior derecha de la pantalla, una pestaña en un color diferente al resto, para captar la atención que dice ‘Donate’. O sea, ‘Donar’. Se hace clic allí y se pasa a otra web en la que se puede hacer la donación cómodamente con tarjeta de crédito, hasta el máximo de 2.700 dólares (2.368 euros) por persona física o jurídica que estipula la ley.

Los otros 31,6 millones de euros (36 millones de dólares) son préstamos de Trump a su propia campaña. Y ésa es una gran diferencia con respecto a otros multimillonarios con ambiciones políticas. El también republicano Mitt Romney donó 44 millones de dólares (38,6 millones) en 2012. El demócrata reconvertido en republicano y luego en independiente Michael Bloomberg se gastó unos 270 millones de dólares de su bolsillo (237 millones de euros) en sus tres campañas a alcalde de Nueva York. La ex consejera delegada del gigante de las subastas online eBay, y actual máxima ejecutiva de Hewlett-Packard, Meg Whitman, quemó 140 millones de dólares (123 millones de euros) en su catastrófico intento de convertirse en gobernadora republicana de California en 2012. Todos ellos autofinanciaron su campaña, lo que es legal. Su dinero eran donaciones.

Trump, no. Trump se presta dinero a sí mismo. Y, de hecho, el Trump político ya está devolviendo la deuda al Trump empresario. El avión Boeing 757 que Trump emplea en algunos de sus desplazamientos es alquilado a la campaña por la empresa Air Tag (propietario: Donald Trump) que ya ha pasado una factura de 3,7 millones de dólares (3,2 millones de euros) por el uso de la aeronave. Una aeronave que Trump emplea como símbolo electoral de su riqueza, pero que es más bien señal de todo lo contrario. El ‘Air Trump One’, como se le conoce popularmente, es un avión de más de 20 años de edad, una edad escandalosamente alta para los aparatos del 0,001% más rico al que presuntamente pertenece Trump. Es más: mantener el 757 es carísimo, y es un avión demasiado grande para aterrizar en muchos aeropuertos de pueblos en la América profunda en la que se deciden unas elecciones, y a los que vuela en otros aparatos de su propiedad (también alquilados a la campaña) más pequeños y con menos fanfarria. Porque el propio Trump ha declarado que usa el Boeing “por su valor promocional”.

El valor de la imagen, el valor del dinero

El Trump político conoce el valor de la imagen. Y el Trump empresario conoce el valor del dinero. Así que el Trump empresario alquila espacio en la Trump Tower (a un precio de 35.457 dólares, o 31.066 euros) al Trump empresario, que tiene allí los cuarteles generales de la campaña. Pero no acaban ahí las sinergias. Según la revista de información financiera ‘Forbes’, la campaña de Trump celebra reuniones de trabajo en el Asador Trump, y ha contratado a empleados de The Trump Organization, es decir, de su empresa. En total, hasta el 31 de marzo, el Trump político había pagado al Trump empresario 4,3 millones de dólares (3,8 millones de euros) por el uso de sus servicios durante la campaña. Solo la empresa especializada en relaciones públicas de candidatos republicanos Rick Reed Media había recibido más dinero de la campaña.

Ahora bien, ¿va a devolverse Trump todo el dinero que se ha prestado a sí mismo? Ésa es la gran cuestión. Porque solo tiene 11 semanas para ello. La razón es que, una vez que un candidato es nombrado oficialmente, el Comité Nacional Republicano (NRC, según sus siglas en inglés) puede empezar a darle dinero en cantidades industriales. Pero el NRC no va a hacerlo si la campaña de Trump le debe dinero a Trump, porque en ese caso estaría dando dinero al candidato Trump para que pague al empresario Trump, y es muy difícil que ningún donante de peso esté dispuesto a firmar un cheque con cinco ceros para destinarlo a semejante operación.

Ésa es una de las claves de la reunión que ayer mantuvo Donald Trump con el presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, que se ha negado a respaldar al candidato. Entre ambos hay divergencias ideológicas. Ryan es un ultraliberal, mientras que Trump quiere mantener intacto el sistema de pensiones y los sistemas público-privados de asistencia médica a la tercera edad y a las personas de bajos ingresos, y en la última semana hasta ha planteado subir el Salario Mínimo Interprofesional, lo que ha hecho que los desfibriladores de Wall Street tuvieran que ser rápidamente enviados a Washington. También hay problemas de personalidad -Ryan no traga a Trump- y de la gestión de las finanzas de la campaña. Y Ryan no es un político al que Trump pueda insultar a sus anchas, porque el presidente de la Cámara de Representantes es el presidente de la Convención Republicana, con control sobre la agenda del evento y, por tanto, con la capacidad para convertir lo que debería ser la coronación de Donald Trump en un auto de fe de la Inquisición con hoguera incluida. El encuentro terminó con un frío comunicado conjunto en el que ambos se comprometen a “seguir colaborando por la unidad del partido”.

Por eso, Trump quiere atraer al RNC a su lado, como una muestra de ‘buena fe’ de que él quiere ayudar al Partido Republicano. Y, para ello, ha vuelto a desdecirse de sus promesas de campaña: ya no va a ‘autofinanciar’ su campaña (o el 75% de ella). En vez de eso, va a aceptar todo tipo de donaciones, y para ello va a constituir un vehículo conjunto con el RNC. En otras palabras: Trump sí acepta donaciones. ¿La razón? Unas elecciones presidenciales en EEUU salen por 1.000 ó 2.000 millones de dólares y, aunque Trump haya logrado 2.120 millones de euros (2.400 millones de dólares) en publicidad gratis debido a sus declaraciones más o menos escandalosas y/o insultantes, eso no es suficiente.

En otras palabras: Trump se prepara para quitarse la gorra roja que se pone cuando, según los que le conocen bien, está de buen humor, y para ir con ella a Wall Street a ver lo que le echan en ella. Por de pronto, con un plan fiscal que es un regalo de Dios para las rentas más altas, el populista candidato republicano ya tiene hecho mucho en esa dirección. Después de 11 meses proclamando que no necesita dinero de nadie, Donald Trump ha decidido seguir el sendero de los políticos “estúpidos” y “corruptos” a los que ha declarado la guerra.

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