Internacionales

6.000.000 de niños sedientos y en peligro por ‘El Niño’

Un misionero español es testigo del éxodo de familias que escapan de la sequía en el Cuerno de África

Y de la matanza de otra tribu que dice: “No hay agua para todos”

Dentro de la choza, techada de rastrojos y ramales, emparedada de barro y excrementos animales, la silueta de la mujer joven se difumina. Amina arde en fiebre, la mirada vidriosa y penetrante. Mis palabras susurradas, Ebbe hakubarakeyy (Dios te bendiga en somalí), le hacen asomar un hilo de voz: Amin (el amén es igual en todas las religiones). A los pies de la mujer yace otro pedazo de vida salido de su vientre. Un puñado de piel adherida a unos huesos de pajarillo. Se llama Abdinasir y tiene la desgracia de haber nacido cuando por este Cuerno de África nos visita el otro Niño, ese fenómeno meteorológico que es el ángel de la muerte que espanta la lluvia y amenaza con dejar sin agua ni comida a 15 millones de personas, seis de ellos niños.

La choza de Amina y Abdinasir está atestada de mujeres envueltas en telas multicolores, que la miran ahí tirada en el jergón y me miran a mí con la esperanza de que haga algo… ¡Esperan de mí un milagro! Yo sólo le pongo mi mano sobre su frente y noto que ella espera que Dios obre en ella el prodigio de la vida que siente amenazada.

Me giro y pregunto a las mujeres: “¿Y su marido?”. Me responden a coro: “Es soldado, está en la guerra”… Insisto: “¿Me dan permiso para que me lleve a la madre y al niño a un hospital?”. Estamos a cientos de kilómetros del primer médico, caminos interminables de polvo ancestral, distancia inconcebible para que viajen estas pobres gentes por sus medios… Y al final sentencian con un mazazo fatal: “No puede salir de su casa sin permiso de su marido”. Inútilmente insisto: “Y… ¿cuándo volverá?”. Y me doy cuenta -torpe de mí- de que estoy en África y en África las guerras, el hambre y la sequía no tienen fecha de caducidad. Que El Niño lo ha empeorado todo.

Ya ha oscurecido en la choza de Amina. Se agigantan las sombras. El anochecer es hiriente en estos secarrales infinitos. Amina me pide que me lleve a su niño, que lo salve… Tiene el cuerpecillo cubierto de llagas, sobre todo la cabeza recién afeitada. Me dicen que son quemaduras del brujo. Es su costumbre de medicina tradicional, agujerear el cuerpo del enfermo para que por esos boquetes salgan las fiebres y los malos espíritus.

Me despido de estas familias y regreso a mi misión en Gode, a unos 400 kilómetros de distancia, más cerca de la frontera con Somalia. ¿Qué será de ellos?

Unos días más tarde -como me contarán después-, Muktar, el jefe del poblado, decide marcharse para siempre. Y las demás familias le siguen, con Abdinasir a las espaldas de Amina. En las noches precedentes, hordas de quienes hasta que El Niño empezó a fustigar todo el Cuerno de África eran buenos vecinos, han entrado en las chozas y macheteado a familias enteras, incluso a sus ganados. Los oromos han decidido en la reunión de ancianos que no hay agua suficiente en los escasos manantiales y que es imperativo expulsar a los ogaden, el clan de Muktar, de Amina, de Abdunasir, etíopes de origen somalí. Por eso tanta mudanza, y a esas horas sin luz a la caída de la noche.

Con la ayuda de Imi, Gode, Abdhiwali y Muhamud, sus vecinos más próximos, Muktar ha conseguido que unos camiones destartalados se acerquen a una veintena de kilómetros de su residencia para montar en ellos a todas las familias de su clan y así poder huir a Gode para empezar una vida nueva.

Muktar lleva un nudo en la garganta; delante de él caminan sus dos mujeres: Fatuma, la primera esposa, de la que tiene cinco hijos, y Hodan, la más joven, con la que se casó hace tres años, de la que tiene ya el mismo número de hijos. Todos caminan rápido y asustados. Es el éxodo por la supervivencia.

La sequía se ha hecho endémica y la labranza, sementera tras sementera, se va muriendo irremisiblemente. Se han resquebrajado las tierras antaño fértiles que se extienden por toda la región de Bale, entre los meandros del Wabe Mena hasta las ciudades de Mandera y Dolo Ado. Los campesinos ven agonizar sus matas de papaya, tomates, sandías, patatas, cebollas, pimientos, pepinos…

 

Sus ovejas, vacas, cabras y camellos pasean las costillas deambulando sin rumbo. Las hienas presienten con el aullido de su risa la carroña en que están a punto de convertirse estos escuálidos rebaños.

Muktar dirige la operación, susurrando a los cientos de prófugos que huyen que no hagan ruido, sobre todo los recién nacidos, so pena de ser descubiertos y caer víctimas de los machetes de quienes antaño eran sus vecinos y ahora se han convertido en sus enemigos mortales. De manera rápida y desorganizada todos trepan a los camiones, sabiendo que les va la vida en ello a sus familias. Padres y madres se angustian buscando a cada uno de sus hijos. Los varones ayudan a cargar fardos y hatillos. Las niñas, algunas incluso tan pequeñas que ellas mismas deberían ser cargadas en brazos, llevan a sus espaldas hermanitos recién nacidos amarrados con un pedazo de tela agujereada.

Se quiebra el silencio de la noche con el rugir cansino de los viejos camiones y por fin arranca la aterrorizada caravana. La inmensa mayoría no sabe a dónde va. Atrás van quedando las antaño fértiles dehesas y el paisaje deja paso a las tórridas llanuras del desierto somalí. Pertenecen a los mismos clanes de los ogaden pero nunca han estado en Gode, su meta. No saben qué suerte les espera.

Son unas 260 familias del clan de los ogaden, de origen somalí, pero han vivido toda su vida en Etiopía en la región de Oromía, en la margen occidental del río Wabe Gestro. Los ogaden han convivido en paz durante más de cien años con los oromos y han adoptado muchas de sus mejores costumbres, sobre todo la de ser agricultores consagrados al cultivo de la tierra con tenacidad admirable. Y eso que los somalíes son en su mayoría alérgicos a las labores agrícolas y se consideran ganaderos o pastores. Pero la sequía que sufre casi toda Etiopía desde hace más de un año lo ha transformado todo. Etnias que han practicado el islam se enfrentan a muerte por las escasas fuentes que dan vida a sus sembrados y animales.

Se bajan de los camiones para hacer la última parte del trayecto a pie. Por fin detiene su marcha la caravana. Mientras los hombres arman las chozas, las mujeres rebuscan leña entre los escasos matorrales. Asoma la luna inmensa; todo es silencioso en el desierto y únicamente el chisporrotear de las llamas atrae la atención hacia el centro del campamento. Las niñas atienden a los bebés como madres diminutas, prematuras, con una seriedad y destreza que impresiona.

A la mañana siguiente oigo llamar a la puerta de mi casucha con insistencia. Algo inusual pasa. Me dice a trompicones un muchacho somalí: “Le llama el alcalde”. A mí en nueve años jamás me ha llamado el alcalde. Me pide que le acompañe a una reunión. Se trata de un asunto serio. Soy el único cristiano de una asamblea de más 150 hombres y mujeres. Y allí delante de los próceres de la comunidad, con tono solemne se dirige a mí el alcalde: “Padre, sabemos que usted y la iglesia católica son los únicos que pueden ayudarnos en esta crisis. Gode se nos ha llenado esta noche de refugiados”, aunque técnicamente no son refugiados, porque no son extranjeros que hayan cruzado una frontera, sino desplazados internos.

Me dirijo a las afueras de Gode por la carretera que viene de Goba atravesando Dibo y allí los encuentro. Son las familias que encontré unas semanas atrás a 400 kilómetros de aquí. Fugitivos de la sequía y el hambre. Todos se arremolinan alrededor de mi vehículo, son cientos de hombres, mujeres, ancianos y niños de todas las edades. Muchos exhiben los rasgos propios de la desnutrición y otras enfermedades concomitantes. Veo la tristeza en sus rostros, las miradas huecas de los niños sin fuerzas siquiera para llorar, la piel amarillenta, los vientres hinchados, el cabello muerto… Sobre todo, percibo el miedo en sus miradas y en sus palabras. No saben dónde están, hablan el mismo somalí pero el lugar les es extraño. Tienen que recomenzar la vida en estos secarrales imposibles de arar.

Elegimos los casos más graves y los subimos en el todoterreno de la misión rumbo a la clínica. Esta operación se repetirá cada mañana durante casi diez días. Están hambrientos, exhaustos, aterrorizados, son como animalitos asustados que ven peligros en todas partes, pensando que en cualquier momento aparecerán hordas de oromos…

Repartimos bidones de plástico de 20 litros para que recojan el agua cuando lleguen los camiones-cisterna que hemos contratado. El ser humano puede llegar a acostumbrarse a vivir con casi nada, pero sin agua a más de 45ºC no puede vivir nadie, ni siquiera unas horas…

Me reúno con Kofi, director de la oficina del Fondo Mundial para la Alimentación de Gode, y en pocas horas organizamos un enorme convoy de más de 29 toneladas métricas de alimentos: arroz, aceite, soja, harina, leche en polvo, maíz…

Aseguradas las necesidades de agua, comida y medicinas, se me ocurre construir una escuelita. Ninguno de estos chavales ha pisado una. Con Muktar y otros líderes nos ponemos manos a la obra. 170 niños y algunos adultos han iniciado ya su alfabetización. ¡Cuánta alegría en las dos aulas de hojas de zinc y maderos toscos! Escucho emocionado sus risas. Repiten las vocales a pleno pulmón. Muktar me dice en somalí: Abba, mahadsantai (Padre, muchas gracias).

Luego encuentro a Amina, que deambula por el improvisado campo de refugiados. La veo sucia y andrajosa, con el mismo vestido adherido a la piel de cuando la conocí hace unas semanas antes de su éxodo, y le pregunto:

-Amina, ¿no tienes otra ropa?

Se queda mirando al vacío y responde en un susurro:

-No. El que tenía lo usé para enterrar a mi niño.

Y mientras todos, musulmanes y cristianos, seguimos mirando al cielo, me doy cuenta de que hoy a este pueblo sólo le quedan… Lágrimas por la lluvia.

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