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Nadie detiene a Messi y Alba

Leo Messi y Jordi Alba celebran el segundo gol ante el Celta. ALBERT GEAREUTERS FRANCISCO CABEZAS

«Sí, ya tengo una manera de defenderlos. Me traeré un bate de béisbol al partido y acabaré con uno de los dos»Nick van Exel, que en aquella época se dedicaba a jugar en la NBA, sólo podía tomarse a broma lo que le venía encima cada vez que se enfrentaba a Stockton y Malone. Daba la sensación de que aquellos dos tipos de los Jazz de Utah, tan diferentes, tan complementarios, aunque les vendaran los ojos o les ataran los tobillos, siempre se las apañarían para encontrarse y anotar. [Narración y estadísticas 2-0].

Esas cosas también pasan en el fútbol. La frustración se incrustó en las meninges de los jornaleros del Celta cada vez que Messi conectó con Jordi Alba. No hay rival que no conozca esa orilla zurda por donde todo pasa, la principal vía de ataque -muchas veces la única- del Barcelona. No hay contrincante que tenga idea de cómo esquivar semejante tormento. ¿Dónde estará el bate de Van Exel?

Así que el partido le duró una parte al Barcelona, justo el tiempo que necesitó para que su celebrada pareja ingeniara dos goles, pese a que el ejecutor en el primero fuera Dembélé. Messi desabotonó a Jordi Alba, y el carrilero hizo aquello que tan bien se le da. Detuvo el tiempo y no volvió a activarlo hasta que percibió la presencia de ‘La Pulga’. El disparo del argentino lo sacó como pudo el meta Rubén Blanco. Aunque quien andaba por allí esperando el rebote era Dembélé. El francés, tan disperso en sus quehaceres cotidianos, se concentró con las botas puestas. Esta vez marcó con la zurda su décimo gol de la temporada. Ahí es nada.

Arturo Vidal se estabiliza en el once

Si bien la celeridad con la que el Barcelona atrapó el primer tanto podía llevar a pensar que el equipo azulgrana continuaría su asalto, por supuesto, no fue así. El Celta de Miguel Cardoso subía líneas, pero no encontraba la manera de activar a Iago Aspas y Maxi Gómez. Y a Valverde ya le iba bien ese escenario que tanto domina. Es decir, no presumir de la creación con el balón -es lo que hay ahora que Arturo Vidal y Rakitic se han establecido como interiores titulares-, y aguardar el robo. El ataque, siempre a campo abierto. Algo que se le está dando de fábula al grupo azulgrana, que acaba el año con cuatro victorias consecutivas que le permiten dominar la Liga.

Entre interrupciones, pérdidas de balón, y algunos percances -como ese taco de Araujo que abrió la ceja a su propio portero-, el Barcelona siguió a lo suyo. Tan pancho. Messi lanzó otra carrera, esta vez la de Dembélé. Llegó Rubén Blanco antes al choque de trenes y Jordi Alba se quedó a un palmo de apuntarse el segundo gol en la acción posterior.

El Celta, ni mostraba ánimo de rebelión, ni encontraba el acierto necesario como para agitar el duelo. Ter Stegen sacó sin problemas un disparo bajo de Maxi Gómez, y Hugo Mallo, la única vez que se decidió a avanzar por la orilla, no supo cómo dar sentido al balón en un zapatazo cruzado.

Agujero en la garganta celeste

Hasta que Alba y Messi decidieron cerrar el entuerto con insultante parsimonia. Después de recibir de Sergio Busquets, el lateral azulgrana vio cómo Messi atravesaba solo la garganta celeste. David Costas se ausentó de la jugada, y a Mazan, que no había jugado un solo partido de Liga hasta la fecha, debieron deslumbrarle los focos y la inmensidad del escenario. Se abrieron los mares ante Messi, que no tuvo más que engañar con la cadera al portero para enviarle el balón al lado contrario.

Se lesionó Aspas, homenajeado por el Camp Nou. Valverde rescató del banquillo -y de la indiferencia- a Arthur y Coutinho. Y la hinchada se rindió a una dulce duermevela. El invierno, «la estación de la comodidad» que escribía el tristón Rimbaud, lo inició el Barcelona con una victoria de aquellas suaves y reposadas. Sin estridencia alguna. Al reverso del calendario aguardan los demonios. Propios y ajenos. Pero ya habrá tiempo para pensar en ellos.

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