Historia

Los azares de Pedro Henríquez Ureña, recogidos en correspondencias de 30 intelectuales dominicanos

“Treinta intelectuales dominicanos escriben a Pedro Henríquez Ureña” es una recopilación de correspondencias, especialmente de la familia Henríquez Ureña, editado y anotado por Bernardo Vega, y publicado por la Academia Dominicana de la Historia y el Archivo General de la Nación.

Es un libro que se lee como una novela, que permite penetrar en la vida y la intimidad de la familia de Pedro Henríquez Ureña, pero que al mismo tiempo muestra la historia política del Caribe, así como los movimientos culturales, y en que sobresalen figuras emblemáticas de la crítica, la literatura, la historia y la poesía dominicana y caribeña.

La figura central es Pedro Henríquez Ureña, quien desde muy joven comenzó a mostrar sus cualidades e inteligencia, y la correspondencia que se conservan tanto suyas como de sus relacionados, son rica en mostrar el extraordinario respeto que siempre inspiró Pedro a los demás, incluyendo a su hermano Max, a su padre Francisco, a las alumnas de su madre, en especial Mercedes Mota y Leonor Feltz.

Portada del libro que recoge las correspondencias de intelectuales dominicanos a Pedro Henríquez Ureña

Las cartas inician en 1897, cuando Pedro apenas tenía 13 años. Claro, el trasfondo de la familia Henríquez Ureña (que formaban como esposos Salomé Ureña y Francisco Henríquez y Carvajal) estaba empapado de política, de cultura, de poesía, de historia. Eugenio María de Hostos, el maestro puertorriqueño, José Martí, el apóstol de la libertad e independencia de Cuba, y muchos otros intelectuales, eran parte de la cotidianidad de esta familia.

Lo que sorprende en las correspondencias es la gran cantidad de información que circulaba en esta familia, y por supuesto en una sociedad matizada por las dictaduras, por las guerras montoneras, por la pasión y el atraso económico. Independientemente de ello, los Henríquez Ureña y sus vinculados encontraban la forma para estar al día en la discusión sobre la filosofía, la historia, los ensayos, la música, los debates de los intelectuales en la región del caribe y en Estados Unidos y Europa. Desde muy temprano dominaban los idiomas inglés, francés, italiano, y con frecuencia procuraban la lectura de los autores en sus idiomas originales y desechaban las traducciones. Aparte de que ellos mismos realizaban traducciones de textos que entendían fundamentales.

El libro de 726 páginas es una pieza de primera mano para conocer el quehacer cultural y los vaivenes en la vida de Pedro Henríquez Ureña, el más grande de los intelectuales dominicanos de todos los tiempos. Las cartas contenidas en este libro fueron entregadas por el propio Pedro a don Emilio Rodríguez Demorizi, quien las conservó en sus archivos y las dejó, al morir, en manos de su hija Clara Rodríguez y de la Fundación Demorizi. Bernardo Vega realizó un gran trabajo de investigación y anotación de las cartas, y orienta -con sumo cuidado y respeto- sobre aspectos íntimos de los familiares de Pedro.

En la primera parte del libro aparece un personaje fascinante, que se puede percibir en sus formas y la manera desenfadada en que escribe especialmente a Pedro, sin el respeto que todos los demás le tienen: se trata de Enrique Apolinar Henríquez (Phocas), primero de Pedro. Hombre culto, simpático, auténtico, libre. Mordaz en las críticas que formula sobre la sociedad y sobre los personajes. Describe a los escritores con lucidez, habla de las mujeres y le dice a Pedro que al salir del teatro, donde se ven brillar las piernas de las mujeres, “se puede combinar una mamada al salir”. En otra ocasión le dice a Pedro “temo que tu también seas de los puercos”, algo insólito dicho a una persona con un carácter serio, austero, que no transmite confianza a los demás, y que todo el mundo trata con respeto y devoción. Con razón Bernardo Vega define a Phocas como “el enfant terrible. por sus frecuentes referencias a las infatuaciones de Pedro con diferentes mujeres.

Andrés L. Mateo, quien presenta el libro, dice: Yo creo que este es un libro que completa la visión de Pedro Henríquez Ureña que todos tenemos, y robustece la biografía que algún día tendrá que escribirse”.

 

Lee, lee mucho, tanto como puedas

Cuando apenas tenía 17 años, y estando en Nueva York en 1901, Pedro le responde una carta a Mercedes Mota recomendándole lo siguiente: “Lee, lee mucho, tanto como puedas. Lee a los autores más pesimistas, los más excéntricos, los más rudos, los más atrevidos combatientes. Lee a Leopardi, Schopenhauer, Nietzsche, Zona, Ibsen, Tolstoy, DÁnunzio, Montalvo, Baudelaire, Larra, Heine, Renán, Poe, Espronceda. Su pesimismo te curará”. Lo que evidencia que ya muy temprano Pedro era un lector voraz y que había consumido una gran cantidad de los textos fundamentales del pensamiento más atrevido de su época.

“Nadie más apto que yo para sentirse fastidiado, herido de muerte por el motivo más ligero. Pero reacciono prontamente! Y ya ves, es una gran cosa saber que nada es bueno ni malo, como dice Hamlet”.

Pedro Henriquez Ureña

En 1902, también desde Nueva York y en carta escrita a Mercedes Mota, Pedro Henríquez Ureña se expresaba con pesimismo sobre el futuro dominicano. “Desde que estoy aquí, cada día soy más pesimista sobre nuestro propio país. Una sociedad cuyos miembros no tienen innatas las nociones del respeto y del deber, no se salva”.

Mercedes Mota describe una República Dominicana en 1903 llena de taras, en particular para las mujeres. A esas terribles descripciones responde también Pedro. “¿Qué hacen las mujeres instruidas en medios como estos? Para qué sirven las mujeres de aspiración, aquí, en medios putrefactos, repletos de vileza y de la escoria más inmunda”, le escribe Mercedes Mota a Pedro Henríquez Ureña.

Pedro en sus cartas expresa juicios muy duros sobre las escritoras dominicanas, pero al mismo tiempo las cartas de Leonor Feltz y de Mercedes Mota son una fotografía del bajo nivel político y cultural como se maneja la realidad dominicana de inicios del siglo XX. Cosas como esta escriben las mujeres a Pedro: “Quisiera alejarme de nuevo de este país, para no ver, para no oír lo que debe ser visto y oído. ¡Son cosas tan dolorosas!” (Mercedes Mota).

Pero no se trata sólo de las mujeres. Intelectuales, diplomáticos, políticos, como Enrique Jiménez, el padre de Enrique Jiménez Moya, le escribe a Pedro en 1905, quejándose de la ausencia de periódicos con ideales. “Me he cansado de hacer diligencias y todos me han contestado que el tiempo no está para periódicos ideales. ¡Qué tal! …¡Adiós, país! Ni los de fuera ni los de adentro sirven. No valen un comino”.

Entre 1905 y 1914 Pedro tuvo una intensa etapa de formación, viajando entre La Habana, Veracruz, Santo Domingo y Santiago de Cuba. Obtuvo empleo en La Habana por recomendación de Máximo Gómez y ejerció el periodismo en Cuba, para posteriormente pasar a México, quedándose por breve tiempo en cortos viajes a Santo Domingo y La Habana.

En ese período comienza su amistad con Alfonso Reyes y cuando comienza a adoptar a México como su segunda patria, a preocuparse por la política mexicana y a proponer proyectos educativos que luego cuajarían, como la creación de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de México.

 

Las luchas políticas de los Henríquez Ureña

El libro Treinta intelectuales dominicanos escriben a Pedro Henríquez Ureña es una pieza dolorosa sobre la realidad dominicana, y en particular sobre las vicisitudes de la familia Henríquez Ureña, pero a la vez es útil y necesario para entender las taras de la sociedad dominicana, para que personas de talento -como Pedro, como Max, como Leonor Feltz- pudieran desarrollar su potencial y sobresalir.

Las luchas políticas se describen y se viven en estas correspondencias con una gran pasión. No se trata de descripciones amplias, sino de detalles, aspectos de interés sobre el devenir del país y las recomendaciones a Pedro y a Max y a don Francisco, su padre, de si viajar o no a la República Dominicana. Las recomendaciones siempre son negativas, por las luchas fratricidas, por las guerras, por los gobiernos efímeros, por la espera de un gobierno más consistente, por un tiempo de estabilidad política.

Tal vez el tema político que se aborda con más detalles es el paso por el gobierno provisional de don Francisco Henríquez y Carvajal, el padre de Frank, Pedro, Max y Camila Henríquez Ureña. Fue designado por el Congreso pero nunca fue reconocido por los militares interventores de los Estados Unidos, hecho que había ocurrido en 1916, y que cerró cualquier posibilidad de que el prestigioso médico ejerciera la presidencia de la República.

Sus hijos se involucraron en la actividad por la aceptación y reconocimiento de la comunidad internacional al gobierno de Francisco Henríquez y Carvajal. Quien más acompañó a su padre fue Max, quien fue designado asistente. Pedro apoyó con los contactos, viajó a algunos países, buscó fondos para la causa dominicana, pero nunca tuvo confianza de que aquel esfuerzo daría frutos.

Al final, con la elección de Horacio Vásquez, quedaría definitivamente cerrado el caso. Hubo, desde muy temprano en la historia de estas personalidades, una separación obvia entre los señores Horacio Vásquez y los Henríquez Ureña.

Camila escribe a Pedro el 15 de febrero de 1915: “Comprendo que debes sentirte muy solo, y que, además, tu situación es muy insegura. Pareces que piensas ir a Santo Domingo. No se si desde el punto de vista práctico te de buen resultado, porque el estado de nuestro país es verdaderamente desconsolador, y no me inspira confianza. Pero, en fin, quién sabe!”.

Su hermano mayor, Frank, también le dice lo mismo: “Considero un gravísimo error el pensar en irse a Santo Domingo. Encerrarse allí es condenarse a la oscuridad, vegetar entre las inmensas miserias morales y materiales que se derivan de un perpetuo estado de turbulencia y, mientras eso pueda evitarse, deberá evitarse”.

Max le escribe a Pedro, el 23 de noviembre de 1916: “La insensatez predomina aquí: hasta los hombres que parecen de lejos más capaces viven entre sofismas, sutilezas y tonterías…Esto no hay quien lo arregle, y por su parte los americanos no van a ceder. Mucho me temo que acaben por poner o imponer un gobernador americano”.

 

Pedro como funcionario de la dictadura de Trujillo

Al llegar 1930, y luego de mucha inestabilidad más el inicio la gran depresión en Estados Unidos, las complicaciones son mayores para los Henriquez Ureña. Es el momento en que Pedro se plantea seriamente retornar al país, y en ese sentido le escribe a Max su hermano una carta planteando esa posibilidad.

La situación no puede ser peor. Camila describe la calamidad pública, y le cuenta que en La Habana “como maestros que somos, Papá, Max, Eduardo y yo, ganamos ahora entre todos poco más de lo que antes ganaba uno solo, y no sabemos cuándo dejarán de pagarnos”.

Es el momento en que Trujillo, luego del ciclón, contempla la propuesta de asignar a Max como Superintendente General de Enseñanza, y éste la acepta de inmediato. Max se queda en Santo Domingo y ofrece un informe optimista sobre las primeras acciones de Trujillo. Le dice a Pedro que los dominicanos reclaman su presencia.

“Por primera vez veo a los dominicanos expresar la queja amarga de que tú hayas podido servir mejor a México y a Argentina que a Santo Domingo, si bien reconocen que hasta hoy nadie te ha llamado ni ha tratado de ofrecerte medios de vida decorosos y seguros y autoridad bastante para que tu influencia no se pierda. Te anticipo todo esto, porque es muy posible que un día u otro te hagan una invitación a cooperar en algún sentido”. Y así fue. Trujillo invitó a Pedro a cooperar en su gobierno, y luego de indagar con Max la situación, Pedro aceptó la oferta que le hizo el dictador.

Entre los motivos para venir al país Pedro citó varios: 1. Servir al país al fin, 2. Dejar el trabajo mecánico en Argentina. 3. Argentina es un país anticuado, marcha despacio desde hace años. 4. La camarilla que gobierna las universidades argentinas es enemiga del que trabaja y por eso él había sido estorbado sistemáticamente.

Los motivos para no venir eran varios: Probable estrechez económica, perspectivas de ahorrar, adquirir casa y tener recursos para viajar. 2. Estrechez cultural y escasa posibilidad de viajar, lo que haría su propia acción infecunda. 3. La duda de que el medio resulte inconveniente para sus dos hijas.

Y vino el 15 de diciembre de 1931. Fue recibido con entusiasmo en el Puerto de Santo Domingo y hubo discursos, incluso laudatorios de Trujillo, pero Pedro habló poco y no mencionó a Trujillo, sino que resaltó la obra de Eugenio María de Hostos. “Al regresar a la patria, después de larga ausencia cada minuto ha sido para mí de pensamiento y emoción… Yo sólo sé de amores que hacen sufrir, y digo como el patriota (Martí) mi tierra no es para mí triunfo, sino agonía”.

Rápidamente Pedro sintió el agobio y la situación política precaria. Enfrentó dificultades burocráticas, Trujillo lo animó a defender su obra de gobierno, hubo conflictos con maestros y maestras de Santiago (casos Ecilia Pepín vs Sergio A. Hernández) y la situación con Abigail Mejía en Santo Domingo. Bernardo Vega investigó esos casos y pone en perspectiva la gestión de Pedro al frente de la educación pública en 1931. El 19 de junio de 1932 Pedro renunció a su posición, pero no le fue aceptada por Trujillo. Hizo los arreglos para la salida del país de su esposa y sus hijas, que se quedaron en México, y Pedro salió del país a principios de junio de 1933. Desde el exterior envió un telegrama de renuncia y luego escribió a Listín Diario lo siguiente:

Al despedirme para Europa quiero agradecer a usted y al Listín Diario la infalible cortesía y buena voluntad con que me han tratado siempre y a la vez rogarle que el Listín me despida de todos los amigos a quienes no he podido ver, con un cordial ¡Hasta la vista!”.

Luego de esa salida, Trujillo canceló a varios de los familiares de Pedro que estaban designados en posiciones públicas, incluyendo a Francisco, su padre, a su hermano Max, a su primo Socrates Nolasco. Don Pancho le escribió a Max sobre la ofensiva de Trujillo:

“Todo esto me hace pensar que la ofensiva contra nosotros es formal y que nada se conseguirá con buscarle atenuaciones. Yo pensaba de todos modos ir a Santo Domingo aunque fuera por un mes, pero ahora hasta temo ir, porque por lo que menos seré objeto de humillación. Y ya basta”.

El 29 de junio se cumplirán 132 años del nacimiento de Pedro Henríquez Ureña, y este libro que recoge las correspondencias de 30 intelectuales dominicanos a él, más algunas respuestas y cartas suyas, debe ser tomado en cuenta con motivo de esta nueva fecha conmemorativo del hijo de la poetisa nacional, Salomé Ureña, y el más grande de los intelectuales dominicanos de todos los tiempos. Una lectura recomendada.

Por Fausto Rosario Adames/Acento.com.do

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